“El Arpista Ciego”. Terenci Moix

Planeta, 2002

Una deliciosa historia surrealista, irreverente, erótica, divertida, que nos “baja de las nubes” el Antiguo Egipto para mostrarnos a faraones, sacerdotes e incluso dioses, como lo que en realidad eran, y somos todos, personajes de la vida cotidiana con nuestros defectos, virutdes, pasiones, aficiones, envidias, deseos… Una fantasía del reinado de Tutankhamón que ningún amante del Egipto faraónico debería perderse, ni ningún amante de la buena literatura, la de verdad, la de los Escritores con mayúsuculas.

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El Templo de HATSHEPSUT en Dehir el-Bahari

Deir el-Bahari, “el monasterio del norte”, es. un lugar situado en la orilla occidental del Nilo en las cercanías de Tebas. Un lugar, hoy inhóspito, (excepción hecha de las hordas de turistas) vinculado desde tiempos prehistóricos al culto de la diosa Hathor. Esto hizo que ya Mentuhotep II (2061 – 2010) escogiera este lugar para alzar un templo en honor a la Diosa.

La integración con el medio de este primer templo fue lo más destacable, haciendo que la capilla de culto y la del sarcófago estuvieran excavadas en la roca del acantilado. Esta primigenia arquitectura fue la evidente fuente de inspiración para el arquitecto Senmut, que realizó una versión más ampliada de este al leventar el gran templo de Hatshepsut (1507 – 1458). Senmut fue el arquitecto preferido de la reina, su mayor hombre de confianza y, dicen las malas lenguas, que algo más. De su factura parecen ser diversas construcciones en Karnak, Luxor o Ermente, siendo sin duda el templo funerario que nos ocupa su obra más trascendental y conocida.

Al exterior,el hemispeo de la reina Hatshepsut destaca por la impresionante sensación de armoniosidad y perspectiva, lograda por la disposición de terrazas en número de tres, dispuestas escalonadamente y a las que se accede a través de desarrolladas rampas centrales. Las terrazas van porticadas mediante pilares, algunos de ellos pilastras osiriacas, es decir pilares con estatuas de Osiris adosadas que, además, podrían ser representaciones de la reina Hatshepsut, coronándose la construcción con un gran murallón en la parte superior que enlaza la construcción con la colosal pared rocosa que funciona como efectista telón de fondo.

De su reconstrucción ideal (e idealizada), se cree que una serie de esfinges con el rostro Hatshepsut jalonaban la avenida que enlazaba la primera rampa con la segunda. También es pausible la existencia de jardines en las terrazas con palmeras, sicomoros, estanques… yo, desde luego, quiero imaginarlo así.

Como suele ser habitual en este tipo de construcciones, en su interior el templo se articula mediante una serie de capillas destinadas a diferentes cultos. Así, podemos encontrar una capilla en la que se encontraba la barca de Amón, otra dedicada al rey constructor del templo (Hatshepsut), otra para los antepasados (Tutmosis I), para la diosa Hathor, para el dios chacal Anubis y un patio abierto con un altar para el culto al Sol. En cuanto a la decoración interior, destacan los relieves que narran la expedición al país de Punt en los que podemos observar los barcos que cargan todos los productos exóticos traídos de la región, así como diversas “estampas” de la expedición como la que representa a su gobernante, Palahu, y a su esposa, la reina de Punt. Además de este viaje, se representan en los relieves escenas de la fiesta de Opet, la fiesta del valle, el transporte de los obeliscos de Assuán a Tebas y el mito del nacimiento divino de la reina que legitimaba su acceso al trono, pero esa es otra historia.

Por supuesto que ha quedado mucho (mucho, mucho, mucho) en el tintero del esriba sobre este templo y todo lo que le rodea, asi que, querido y paciente lector, es su turno: investigue, busque, lea…y disfrute.

Abu Simbel. Un templo para la eternidad.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso  nº59

     Hemos pasado demasiado tiempo en este rincón sin volver a sentir la calidez de la arena egipcia. Demasiado tiempo sin dejarnos arrastrar por una tierra en la que el viaje en el tiempo se hace común. Demasiado tiempo sin beber el agua del Nilo, dicen que si bebes el agua del Nilo, ninguna otra agua podrá jamás calmar tu sed. Debe ser cierto, siempre necesito volver. ¿Se acuerdan de cuando visitamos las pirámides?, aquel viaje fue tan solo el segundo paso de un camino maravilloso que, afortunadamente, no tiene destino ni fecha de llegada.
Es muy probable que si hiciéramos una lista de “Lugares que deseo visitar de Egipto”, casi todos acertáramos en los dos primeros. Bien, el primero ya lo visitamos, por tanto el Templo Mayor de Abu Simbel nos espera.
En 1813 el historiador suizo Johann Ludwig Burckhardt se encontraba visitando el ya descubierto templo de Hathor – Nefertari o Templo Menor, cuando decidió alejarse unos metros, quizás por cuestiones muy humanas, cuando de repente encontró sobresaliendo en la arena un gigantesco rostro pétreo. Se trataba de uno de los colosos de la fachada del Templo. Dos años más tarde, Giovanni Belzonni lograría llegar hasta la puerta de acceso retirando toneladas de arena… y las que quedaban. Precisamente esa inmensa cantidad de arena que el viento y los años había acumulado contra la fachada permitió un excelente estado de conservación del interior, especialmente de sus pinturas que mostraban toda la vivacidad de su época de esplendor.
Abu Simbel es el nombre árabe con el que hoy se conoce la zona de la Baja Nubia en la que Ramsés II hizo construir sendos templos dedicados a su propia persona, la de su familia y diversas divinidades. Tenemos que recordar que para la cultura egipcia, la figura del faraón y los suyos, y los distintos dioses, se solapaban unos sobre otros, siendo habitual las representaciones de miembros de la realeza con atributos divinos o, a la inversa, dioses con rostros de personajes regios.
El Templo Mayor está dedicado a Ra-Horakhte, Ptah, Amon-Ra y el propio Ramses II divinizado. Es del tipo denominado hipogeo, es decir excavados en la roca. La fachada, en talud, tiene treinta metros de altura por treinta y cinco de anchura y en ella destacan los cuatro colosos en la característica postura sedente egipcia con las manos extendidas apoyadas sobre las piernas, presentan todos los atributos faraónicos y entre las piernas, a menor escala, figuras que representan a distintos familiares del rey. Esto es algo igualmente característico del arte egipcio, tanto en la escultura como en la pintura, la llamada Perspectiva Jerárquica, el personaje de mayor importancia, es el que presenta mayores medidas.
El pilono de acceso, sobre el que encontramos una pequeña escultura del dios solar Ra, da paso a una Sala Hipóstila que cumple la función de pronaos y que está conformada por ocho gigantescos pilares antropomorfos, los cuatro de la izquierda representando al faraón y los de la derecha a Osiris momificado. Por supuesto, nada es gratuito en la estatuaria y la arquitectura egipcia, y el levantar la vista para contemplar a los colosos nos hará encontrarnos con la hermosa decoración del techo en la que se representa a la diosa Nejbet con sus alas desplegadas. La siguiente sala, como mandan los cánones, reduce en mucho sus dimensiones y se sustenta sobre cuatro pilares. De aquí pasamos a la ya muy reducida sala de las ofrendas y finalmente, el sancta sanctórum dónde moran los dioses a los que se dedica el templo.
La realidad supera siempre a la ficción y en este templo, ¡construido en el siglo XIII a. C., recuérdenlo!, durante veinte días, dos veces al año, los rayos del amanecer penetran hasta el fondo del santuario iluminando las estatuas de los dioses. Esto ha variado un poco con el reciente cambio de ubicación del Templo, pero esa es otra historia que espero contarles muy pronto.

Fuente Imagen: Wikimedia Commons