Paradigmas de la Representación Femenina en el Renacimiento. (I de II)

     En los siglos XV y XVI, el saber, la ciencia y el arte llegaron a cotas insospechadas en toda Europa donde, por otra parte, en una convulsa situación política, se irán asentando las bases de los estados modernos. Se va imponiendo una nueva concepción del hombre basada en la imitación de los héroes y artistas de la Antigüedad Clásica buscando a un ser humano nuevo y mejor,  pasado y presente se dan la mano. Todo, incluido el propio mundo, se concibe como una obra de arte.  

     El hombre era el centro de todo y había que buscar la felicidad en la Tierra, la mujer. Se alababa la inteligencia, la sensibilidad, la curiosidad…la Mujer….y la mujer se hizo Arte. 

     Dos serán, en general, los ámbitos de representación femenina, además del religioso que continua acaparando, se calcula, más de la mitad de las obras producidas, la mitología y el retrato. Veamos algunos casos paradigmáticos. 

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Flora, detalle de La Primavera. Sandro Botticelli. 1478. Galería de los Uffizi. Florencia.

 

Según algunos autores como Mª Pilar Queralt del Hierro, existía un canon de belleza consistente en: ojos claros, cabellos rubios, tez pálida, mejillas sonrosadas, labios finos y cuello largo y esbelto. Si esto fuera así, nos surge una pregunta, ¿fue antes el canon o el modelo?, ¡esta mujer contempla al mundo entre flores desde hace más de quinientos años! 

 

 

 

 

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La Primavera. Sandro Botticelli, 1478. Galería de los Uffizi. Florencia

     Como vemos, el modelo de belleza renacentista, anteriormente reseñado, está plasmado en la figura de Flora en La Primavera de Sandro Botticelli. El cuadro nos sugiere una lectura de derecha a izquierda. Abre la escena Céfiro, el viento del oeste, desde la derecha y en línea descendente, asiendo a Cloris, ninfa de la tierra, y cierra la composición a la izquierda Mercurio marcando una línea ascendente con su mirada y el gesto de su brazo derecho. Entre ambos, siguiendo la línea marcada por el artista: Cloris, que se transforma en Flora, Venus, diosa del amor, presidiendo la escena aunque un tanto retrasada, apartada de la escena que se desarrolla frente a ella. Podemos apreciar en esta Venus algo habitual en muchas obras renacentistas, la fusión entre el paganismo clásico y el cristianismo que, a fin de cuentas, seguía imperando. No es difícil percibir la similitud de esta Venus con una Virgen, incluso enmarcada como está en un arco de medio punto compuesto por el follaje a modo de hornacina. Sobre ella, Cupido, que lanza su flecha a una de las tres Gracias que danzan cubiertas por unos transparentes vestidos que ondean y parecen hacerlas flotar en el aire. Estas tres figuras, desprenden una sensualidad probablemente nunca vista hasta entonces en la historia del Arte, son ninfas servidoras de Venus que sin lugar a dudas evocan a la belleza ideal. No deja de ser curioso que sean precisamente los personajes que “abren” y “cierran” la obra los únicos masculinos. 

     Se trata, al parecer, de una alegoría neoplatónica acerca del amor, de una lección que podríamos resumir en que el amor carnal que surge de la tierra (Céfiro y Cloris) se desvanece (transformación de Cloris en Flora) y que el verdadero amor es el contemplativo, el espiritual, que se percibe en la mirada de Casitas (la central de las tres Gracias objeto de la flecha de Cupido) y en la de Mercurio, dirigida al cielo. 

     Pero hay más lecturas que implican directamente al papel social de la mujer. Según recientes investigaciones, el cuadro pudo ser un regalo de bodas para Lorenzo di Pierfracesco y Semiramide, un matrimonio de conveniencia en el que los cónyuges apenas se conocían. De ser así, el cuadro tendría una función aleccionadora, sobre todo para la esposa, ¡claro está!. Según la fábula romana, es tras la violación de Céfiro cuando Cloris se transformará en Flora y formarán un matrimonio feliz, de forma que esto vendría a ser una especie de mensaje tranquilizador para la novia ante su boda inminente con un completo desconocido, y esto nos lleva a una nueva curiosidad oculta en esta gran obra, podría ser un cuadro hecho con mujeres y para mujeres. 

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El Nacimiento de Venus. Sandro Botticelli. 1485. Galería de los Uffizi. Florencia

     Casi se hace imposible hablar de La Primavera, desde cualquier punto de vista, y no hacer mención a su “hermana melliza”, El Nacimiento de Venus. En el cuadro se repiten multitud de elementos; de nuevo la mujer idealizada como protagonista indiscutible, de nuevo una escena mitológica, un paisaje que alude a una naturaleza igualmente idealizada. 

     En este caso Céfiro y Clotis, en actitud mucho más cariñosa que la última vez que los vimos, irrumpen por la izquierda impulsando con su aliento a Venus, una Venus Púdica que cubre su cuerpo con las manos y que más parece por su piel marmórea una estatua clásica que una pintura. Esta, arriba a la orilla sobre una venera donde es recibida por otra mujer, la Hora, una ninfa que representa a la primavera, con su túnica floreada y que se dispone a cubrir la desnudez de Venus con un manto igualmente plagado de flores. 

     Mismos rasgos físicos para las mujeres de este cuadro; tez pálida, miradas lánguidas, largos cabellos dorados… Sin duda, las diosas y ninfas de Botticelli consiguen a la perfección encarnar el ideal platónico de la belleza pues, quizás por esas miradas melancólicas y distantes, pese a su belleza física, su curvilínea sensualidad, su erótica desnudez, acercan más los sentimientos del espectador a un sentimiento de amor puro y espiritual que a la mera pasión del amor carnal. 

(Continuará)

Fuente de todas las imágenes: Wikimedia Commons

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