Casa Batlló. La joya de Gaudí.

     Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº 55.

     El modernismo es, sin duda, uno de los estilos artísticos que goza de una mayor aceptación entre el público, ya sean turistas o viajeros. Es lógico, probablemente sea, junto con el gótico, uno de los estilos arquitectónicos más espectaculares visualmente. Si bien el Modernismo, y el Gótico también aunque en menor medida, son mucho más que arquitecturas y es un estilo que abarca desde edificios hasta elementos cotidianos suntuarios de lo más variopinto, especialmente joyas. Hoy les quiero acercar una joya y una arquitectura, todo en uno ¡y por el mismo precio!

     A principios del pasado siglo XX, en 1904, el arquitecto catalán Antonio Gaudí en plena madurez vital y profesional, recibe el encargo de D. Josep Batlló, importante hombre de negocios de la pujante burguesía barcelonesa, de derribar una casa de reciente adquisición, para construir un vivienda de nueva planta. Gaudí decide reformarla, aunque de forma total, incluido el interior. Teniendo libertad absoluta para su trabajo, Gaudí desplegará toda su creatividad para crear una de las grandes joyas de la arquitectura mundial, como así lo atestigua su condición de Patrimonio de la Humanidad.

     El edificio de seis plantas y un total de 4300 metros cuadrados es un ejemplo, por no decir “el ejemplo” de lo que se ha dado en llamar arquitectura orgánica u organicista, tan empleada por Gaudí. Una arquitectura que evoca a la naturaleza de forma clara ensamblando diversos elementos de la misma, dando así un resultado que bien podríamos calificar de surrealista y que lleva a nuestra imaginación a mostrarnos elementos de la obra del también catalán Salvador Dalí.

     En la fachada principal podemos contemplar huesos que hacen de parteluces, motivos vegetales, antifaces u ojos de alguna criatura surgida de una ensoñación de sobremesa en el verano mediterráneo a modo de balcones y, por supuesto, la coronación del edificio que es el lomo de un dragón que guarda, ya desde hace más de un siglo, la obra de su creador. Comparte protagonismo en el remate de la fachada una torre cilíndrica cerrada con una forma bulbosa y coronada por una cruz de cuatro brazos, que se orientan a los puntos cardinales y que el arquitecto catalán empleo en más de una ocasión, llegándose a conocer esta cruz como cruz gaudiniana. Los mil y un colores que revisten la fachada son el resultado de su famosa técnica decorativa del trencadis, trozos de cerámica vidriada que conforman un delirante puzzle en el que, en esta ocasión, predominan los azules, verdes y amarillos en lo que sin duda es otra evocación de la naturaleza mediterránea.

     Toda esta originalidad continúa de forma sublime en el interior, y no es este un adjetivo elegido al azar. Lo sublime, en el mundo del arte en el que nos movemos, es la cualidad de aquello que desborda nuestra percepción ya sea por su rareza, por su belleza desmesurada, por la contextualización, etc. Todo en el interior de la Casa Batlló nos asombra, nos admira, nos extraña. Las líneas rectas prácticamente han desaparecido, incluso del mobiliario que aún podemos contemplar, y las vidrieras de colores filtran una luz llena de espiritualidad, sí, como las de las catedrales góticas. El patio de luces, el salón de los Señores Batlló, incluso el desván, son creaciones únicas, estancias que más parecen pintada que construidas, pequeños trozos de genialidad que conforman el trencadis de la única imaginación de uno de los grandes genios del arte universal, Antonio Gaudí.

     Para terminar les contaré una curiosidad. Como pueden imaginarse, este edificio ha tenido sus idas y venidas, sus vaivenes, sus inquilinos más o menos sensatos, en fin, como todo ser vivo, ha tenido su vida, valga la redundancia. En el año 1993, el edifico fue restaurado y abierto a la visita del público. Gracias a la familia Bernat, hoy cualquier visitante de la ciudad condal, puede y debe visitar semejante joya. ¿Qué quienes son la familia Bernat?, pues curiosamente los propietarios de algo tan ajeno a la arquitectura o al patrimonio como puede ser la compañía Chupa Chups, y es que, sin duda, el arte hace extraños compañeros de viaje.

F.Imagen: Wikimedia Commons

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