Abu Simbel. Un templo para la eternidad.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso  nº59

     Hemos pasado demasiado tiempo en este rincón sin volver a sentir la calidez de la arena egipcia. Demasiado tiempo sin dejarnos arrastrar por una tierra en la que el viaje en el tiempo se hace común. Demasiado tiempo sin beber el agua del Nilo, dicen que si bebes el agua del Nilo, ninguna otra agua podrá jamás calmar tu sed. Debe ser cierto, siempre necesito volver. ¿Se acuerdan de cuando visitamos las pirámides?, aquel viaje fue tan solo el segundo paso de un camino maravilloso que, afortunadamente, no tiene destino ni fecha de llegada.
Es muy probable que si hiciéramos una lista de “Lugares que deseo visitar de Egipto”, casi todos acertáramos en los dos primeros. Bien, el primero ya lo visitamos, por tanto el Templo Mayor de Abu Simbel nos espera.
En 1813 el historiador suizo Johann Ludwig Burckhardt se encontraba visitando el ya descubierto templo de Hathor – Nefertari o Templo Menor, cuando decidió alejarse unos metros, quizás por cuestiones muy humanas, cuando de repente encontró sobresaliendo en la arena un gigantesco rostro pétreo. Se trataba de uno de los colosos de la fachada del Templo. Dos años más tarde, Giovanni Belzonni lograría llegar hasta la puerta de acceso retirando toneladas de arena… y las que quedaban. Precisamente esa inmensa cantidad de arena que el viento y los años había acumulado contra la fachada permitió un excelente estado de conservación del interior, especialmente de sus pinturas que mostraban toda la vivacidad de su época de esplendor.
Abu Simbel es el nombre árabe con el que hoy se conoce la zona de la Baja Nubia en la que Ramsés II hizo construir sendos templos dedicados a su propia persona, la de su familia y diversas divinidades. Tenemos que recordar que para la cultura egipcia, la figura del faraón y los suyos, y los distintos dioses, se solapaban unos sobre otros, siendo habitual las representaciones de miembros de la realeza con atributos divinos o, a la inversa, dioses con rostros de personajes regios.
El Templo Mayor está dedicado a Ra-Horakhte, Ptah, Amon-Ra y el propio Ramses II divinizado. Es del tipo denominado hipogeo, es decir excavados en la roca. La fachada, en talud, tiene treinta metros de altura por treinta y cinco de anchura y en ella destacan los cuatro colosos en la característica postura sedente egipcia con las manos extendidas apoyadas sobre las piernas, presentan todos los atributos faraónicos y entre las piernas, a menor escala, figuras que representan a distintos familiares del rey. Esto es algo igualmente característico del arte egipcio, tanto en la escultura como en la pintura, la llamada Perspectiva Jerárquica, el personaje de mayor importancia, es el que presenta mayores medidas.
El pilono de acceso, sobre el que encontramos una pequeña escultura del dios solar Ra, da paso a una Sala Hipóstila que cumple la función de pronaos y que está conformada por ocho gigantescos pilares antropomorfos, los cuatro de la izquierda representando al faraón y los de la derecha a Osiris momificado. Por supuesto, nada es gratuito en la estatuaria y la arquitectura egipcia, y el levantar la vista para contemplar a los colosos nos hará encontrarnos con la hermosa decoración del techo en la que se representa a la diosa Nejbet con sus alas desplegadas. La siguiente sala, como mandan los cánones, reduce en mucho sus dimensiones y se sustenta sobre cuatro pilares. De aquí pasamos a la ya muy reducida sala de las ofrendas y finalmente, el sancta sanctórum dónde moran los dioses a los que se dedica el templo.
La realidad supera siempre a la ficción y en este templo, ¡construido en el siglo XIII a. C., recuérdenlo!, durante veinte días, dos veces al año, los rayos del amanecer penetran hasta el fondo del santuario iluminando las estatuas de los dioses. Esto ha variado un poco con el reciente cambio de ubicación del Templo, pero esa es otra historia que espero contarles muy pronto.

Fuente Imagen: Wikimedia Commons