La Narración de Caravaggio

Artículo publicado en la página web oficial de la UNEE (Unión Nacional de Escritres de España), abril 2016

     La pintura, al igual que la fotografía, posee el mágico poder que todos alguna vez anhelamos de detener el tiempo, de captar un instante fugaz que cuando el artista de por terminada su labor, ya pertenecerá al pasado. Esto, en la pintura de bodegones, paisajes o retratos, se hace menos perceptible, el transcurrir de ese tiempo se traduce en variaciones de luz, y por tanto de color, como muy bien supieron captar los impresionistas.

     Pero será en el género grande de la pintura por excelencia, el género histórico, donde el artista se debe esforzar por plasmar ese segundo, ya sea real o imaginario, en el que los personajes, el entorno, sus gestos, su situación en la obra…, son los adecuados para transmitir la esencia de los hechos narrados. Ha habido maestros a lo largo de la historia del arte que incluso llegan a conseguir transmitir la narración sin que el espectador conozca los acontecimientos de antemano. Hoy les quiero hablar de uno de esos genios, Michelangelo Merisi, más conocido como Il Caravaggio.

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(Fuente: Wikimedia Commons)

     Pintor barroco y maestro del naturalismo tenebrista, tuvo su primer acierto al “vulgarizar” a los personajes de sus cuadros. Personas normales, gentes del pueblo, aunque representaran a protagonistas sagrados. Esto le trajo no pocos problemas con los estamentos eclesiásticos escandalizados ante la excesiva humanización de personajes sacros que llegaron a su culmen con La Dormición de la Virgen (Museo del Louvre. 1605-1606), en el que, al parecer, en un intento de realismo máximo, tomó como modelo el cadáver de una mujer que apareció ahogada en el Tíber.

     Pero vayamos a escenas más agradables y tomemos como ejemplo de esa maestría en la narración, mediante la gesticulación de los personajes, dos de sus grandes obras.

 

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Cena de Emaús. 1596 – 1602. National Portrait Gallery. Londres. (Fuente: Wikimedia Commons)

     Incluso para los más profanos, la escena está clara. Tres personas, especialmente dos de ellas, se sorprenden ante el gesto de un cuarto, personaje central de la obra. Se narra el episodio plasmado en Lucas 24: 13-35, “…cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronuncio la bendición, lo partió…se les abrieron los ojos y le reconocieron”. Comprobamos primeramente lo ya comentado en cuanto a la humanidad de los personajes; el posadero, los dos apóstoles e incluso el propio Jesucristo son representados como personajes habituales, más bien de clase humilde,  de los que poblaban cualquier localidad de la época.

     Jesús, con un rostro dulce y sereno, muestra el recogimiento que el momento merece pues esta bendiciendo el pan. Su mano izquierda sobre este, pero sin tocarlo, derramando sobre él sus dones. La derecha proyectándose hacia el espectador en un gesto que también podríamos interpretar de bendición. A su izquierda, uno de los discípulos abre los brazos con los dedos crispados en un gesto mezcla de admiración y asombro, a su derecha, el que parece encargado del mesón asiste intrigado a la escena. Y por último el, quizás, más llamativo del conjunto, el personaje que tenemos frente a él y de espaldas a nosotros. Da la impresión de que de un momento a otro vamos a asistir a como se levanta en un acto casi de terror; la cabeza proyectada hacia delante, incrédulo, las manos aferradas a los brazos del sillón, los brazos tensos…incluso Caravaggio, para añadir aún más tensión a la escena colocó en primer plano un objeto en precario equilibrio, el frutero de la mesa, que pasa casi desapercibido, algo así como un elemento subliminal que nos hace percibir con más intensidad el reencuentro inesperado de los dos apóstoles con su maestro.

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La Vocación de San Mateo. 1601. Iglesia de San Luis de los Franceses. Roma (Fuente: Wikimedia Commons)

     Como vemos una escena, que si prescindimos de su título, bien podría tratarse de una escena costumbrista en cualquier taberna romana del siglo XVII. Con más claridad aún, si cabe, rostros y manos, ayudados por el efecto del claroscuro, del que Caravaggio también fue un maestro, nos narran a la perfección lo que está sucediendo. Jesucristo, acompañado por un apóstol, tal vez Pedro, irrumpen en un local en el que el recaudador Mateo está realizando su labor de contabilidad junto con otros personajes. No hay lugar a la duda, sabemos lo que hace Jesús ahí, sabemos a lo que ha ido, su gesto es claro, contundente y dirige nuestra mirada hacia el grupo en el que, por si quedaba alguna duda, el propio Mateo se señala a si mismo con gesto de asombro. Dos alguaciles también miran con curiosidad a los recién llegados y solo permanecen ajenos a la escena, los dos compañeros de Mateo que persisten en su labor de contar el dinero, algunos han querido ver en esto una lección para aquellos que absortos en lo material no son capaces de percibir la presencia de lo divino.

     Sin duda, podríamos decir que Caravaggio fue un auténtico “reportero” bíblico que fotografío como pocos, los hechos acaecidos en aquella remota Palestina de comienzos de nuestra era. Así lo atestiguan, además de los ejemplos aquí citados, otras obras como La Crucifixión de San Pedro o La Conversión de San Pablo. Sin duda recomiendo al lector la búsqueda y contemplación de estas obras. A fin de cuentas, es lo que siempre pretendo al escribir estas modestas líneas, contagiar algo de mi pasión por el arte a todo aquel que tenga a bien leerme.