Santa María in Trastevere. La otra Roma.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº49

Llevamos algunas jornadas de viaje juntos y los que hayan tenido a bien seguirme sabrán de mi interés por defender al viajero frente al turista, el connossieur frente al alienado ser, cámara de fotos con patas, que ni aprende, ni conoce, ni vive el momento, ni puñetera falta que le hace, pues se trata de abrumar a amigos y familiares con centenares de fotos que den fe de lo espectacular y caro de su viaje, ¡y las buenas fotos que hace!. Dejémosles donde van todos y vayamos a uno de esos lugares no tan conocidos.

En París, Barcelona, Roma y cualquier ciudad de Centros Histórico – Artísticos plagados de hordas de turistas, existen barrios que por circunstancias propias de las historias de cada ciudad han quedado excluidos de los grandes circuitos y que suelen ocultar tesoros poco conocidos. Es cierto que, a menudo, estos lugares suelen ser poco recomendables para el turista, o al menos eso nos dicen las guías vaya a usted a saber por qué. Pero los viajeros estamos hechos de otra pasta y además, los parnasianos, no tenemos ese problema. Vámonos al Trastevere en Roma.

El barrio del Trastevere ha guardado gran parte de su autenticidad, de su esencia, debido, en gran parte, a lo que su propio nombre nos indica, Trans Tiberim, es decir, “al otro lado” del Tiber, el río que cruza la capital italiana. Esa circunstancia ha hecho que el barrio haya sido sistemáticamente ignorado por las numerosas remodelaciones urbanísticas y haya conservado, casi intacto, su trazado medieval de estrechas callejuelas. El genuino sabor de este barrio, que nos transporta a las postales más castizas del cine italiano, ya de por sí merece la pena. Pero dijimos que estos lugares, apartados de lo habitual, suelen ocultar tesoros y así es, les hablo de la Basílica de Santa María.

Asentada sobre los restos de una basílica paleocristiana, el edificio actual se levantó en el siglo XII y fue levantado en gran parte con material de desecho, como si la humildad y pobreza del barrio ya fuera algo arraigado al lugar. La fachada se conforma con un pórtico transversal de aires barrocos venecianos, diseñado por Carlo Fontana, tras él se levanta el segundo cuerpo correspondiente a la fachada original en el que podemos contemplar, bajo el frontón triangular que la corona, un precioso mosaico a modo de friso que muestra a la Virgen con niño recibiendo diversos presentes. Accedemos a la iglesia de planta basilical con tres naves separadas longitudinalmente por columnas, procedentes de las Termas de Caracalla. La central de mayor altura que las laterales, lo que permite la apertura de vanos para la iluminación del templo, se cubre con una elaborada techumbre plana de madera del pintor Domenichino, y al fondo, el ábside que al más puro estilo del mosaico bizantino, con dorados y figuras de marcada frontalidad, muestra como figura central un impresionante Cristo en majestad.

Merece la pena, tras haber saboreado con el espíritu tan espléndido lugar, saborear con el paladar la popular, nunca mejor empleado el término en esta ocasión, comida romana en alguna de los numerosas Trattorias que encontraremos por el barrio y volver, ya caída la noche, a pasar por la plaza de la iglesia para deleitarnos con la fuente más antigua de Roma.

Vamos a hacer una cosa, aunque sea cosa de turistas, tiremos una moneda a la fuente, no para volver, que los viajeros vamos donde queremos, sino para pedir a quien corresponda que el Trastevere siga siendo lo que es y no un barrio turístico-comercial más de Roma, porque, dense prisa, ya está siendo invadido.

Fuente de la imagen: Arte.it

 

Anuncios

Santa María dei Fiore. El comienzo del renacer.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº62

Solemos tener presente, aquellos que mostramos un cierto interés por la cultura, un esquema más o menos definido en nuestras cabezas de los distintos periodos históricos y artísticos. Creamos una raya que nos sirve para dividir en compartimentos más pequeños la historia y así poder afrontarla con mayor claridad. Esto, obviamente, no es así, no existe una fecha marcada en el calendario en la que comience la Edad Moderna, o de inicio el Barroco. No obstante, en algunas ocasiones, hay hitos que son tomados como puntos de partida para realizar esas divisiones. Este es el caso de la obra que hoy nos ocupa, la iglesia de Santa María dei Fiori, la Catedral de Florencia. 

Ocurre a menudo en los malos manuales de historia del arte y en el imaginario colectivo, tendente tristemente en los últimos tiempos al resumen y el titular fácil, que al hablar de la catedral de Florencia se reduce todo a la grandiosa cúpula de Brunelleschi.  Pero dicha cúpula se sustenta sobre una iglesia no menos grandiosa y de justicia es que le prestemos algo de atención. 

El duomo (del latín domus, casa), pues tal es el nombre de la catedral florentina, se concibió, como muchas iglesias de origen tardomedieval, como edificio cívico y religioso. Aunque sea salirnos del guion establecido recordaremos brevemente que el origen de la tipología habitual de las iglesias, incluso una de las formas de nombrarlas, tiene su origen en las “basílicas” romanas que era edificios destinados a cuestiones civiles; reuniones, asuntos de justicia, mercados, etc. Al crecer el cristianismo, y con él el número de fieles que acudían a sus distintas celebraciones, se hacían necesarios edificios que pudieran albergar a un considerable número de personas, optándose por la tipología romana comentada como mejor solución. 

El edificio fue financiado por la República de Florencia y por el gremio de artesanos de la lana, algo también habitual en la época. Sobre la pequeña iglesia de Santa Reparata, Arnolfo di Cambio, que al parecer ya había trabajado en algunas basílicas paleocristianas de Roma, proyecta un edificio que comenzará a construirse en 1296. A partir de aquí, y como suele ser habitual, la historia de la construcción del edificio se torna compleja y controvertida; pasan por la maestría de la fábrica Giotto, Francesco Talenti, Andrea Pisano… la obra sufre diversos parones, la rivalidad con Pisa en la construcción del campanile externo…cuestiones que sobrepasan la intención de rápidas, pero incitantes pinceladas, que siempre ha intentado tener este espacio.  

Sea como fuere, la basílica queda constituida con tres naves, la central de mayor desarrollo y un transepto que se muestra en planta tan solo a través de dos capillas poligonales, una tercera, a modo de absidiolo, aparece tras el crucero. 

Y ahora sí, llegamos al año 1418 en el que mediante concurso se adjudica a Brunelleschi la construcción de la cúpula que debía coronar el templo. El reto no era pequeño, se trataba de cubrir un diámetro de 42 metros, esto suponía que la construcción de una cimbra (un andamio de madera que sirve para la construcción de arcos y bóvedas) se hacía poco menos que imposible. Brunelleschi resolvió el asunto construyendo dos casquetes, haciendo que el exterior se sustente sobre el interior mediante un armazón de listones de maderas y ladrillos engarzados, una configuración llamada “en espina de pez”. Así la construcción va subiendo por medio de anillos concéntricos que se van autosustentando.  Al exterior, contrastan los ocho plementos de ladrillo, con los nervios de mármol blanco que los separan. Estos nervios, intencionadamente estilizados, acuden a su encuentro en la alargada linterna, obra también de Brunelleschi que corona el conjunto, dotando así a la inmensa cúpula de una ligereza inusitada que sobrecoge e impresiona al visitante. Vayan y compruébenlo. 

Fuente de la imagen: Wikimedia Commons

San Juan de Gaztelugatxe. De nuestro mágico norte.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº50

¿Qué tienen las tierras del norte que tanto nos fascinan?, ¿será cierto que es tierra de trastolillos, iratxoaks, meigas, sumicius…?, ¿será que la bruma que devora la costa desde el Atlántico nos oculta naufragios de tiempos remotos, sirenas de cuentos populares y leyendas que se pierden en el tiempo?. Quiero creer que sí, porque al igual que ocurre con la magia, los mitos, las fábulas, los cuentos…solo son hermosos mientras crees en ellos. Pero incluso si eres un animal totalmente racional, cosa improbable en un buen viajero (que no turista), si que hay una magia real y tangible que llena de encanto esas tierras, bueno, varias; la magia de sus paisajes, la magia de su fauna, la magia de su contundente y exquisita gastronomía, la magia de sus vinos; el ribeiro, el rioja, el txacolí…¿y la sidra?, y sobre todo y por encima de todo, pues sin ellos no habría magia, la de sus gentes. Desde el cabo de Finisterre hasta el golfo de Vizcaya, sin importar las divisiones ficticias que aparecen en los mapas, gentes duras, sí, forjadas por tempestades y siglos de historia, pero gentes hospitalarias, acogedoras, honestas y, ante todo, sinceras y de palabra, que cuando te dan su amistad te la dan para siempre.

Pero esto va de lugares concretos, de sitios que ver, que visitar, que saborear, que disfrutar. Vamos a un lugar inigualable y…mágico: San Juan de Gaztelugatxe.

Gaztelugatxe, es un islote situado frente a las costas de Vizcaya que se une a tierra firme, como si de un cordón umbilical se tratara, mediante un estrecho camino que serpentea desde la costa hasta la parte superior del peñón, y que consta de 241 escalones, los cuales nos conducen hasta la ermita que corona el lugar y que está dedicada a San Juan Bautista. Según la tradición, el santo tocó tierra en este punto de la costa vasca, dejando marcada sus huellas en la roca.

¡Casi se me olvida!, una vez que hayamos recorrido la rocosa escalinata, deberemos tañer la campana de la ermita por tres veces para que nuestro deseo se cumpla. Miren, tóquenla, que nunca se sabe, pero les garantizo que el simple hecho de llegar arriba les hará sentirse abrazados por la majestuosidad de la naturaleza y ese, aunque no lo supieran, sentirán que ya es un deseo más que cumplido.

En cuanto a la ermita en sí, al igual que las olas que embaten su pedestal, ha tenido una historia tempestuosa. Su origen se remonta al siglo IX o X según las fuentes. En el siglo XI, consta que Íñigo López, primer señor de Vizcaya, dona la ermita al monasterio de San Juan de la Peña. Estuvo un tiempo habitado el lugar por frailes, pero al parecer, estos lo abandonaron. La siguiente referencia nos lleva al siglo XIV en el que los siete caballeros de Vizcaya, empleando el lugar a modo de baluarte defensivo, plantaron cara a Alfonso XI. Ya en 1596, el pirata Francis Drake asalta y saquea San Juan, teniendo el bonito detalle de despeñar al ermitaño que cuidaba el sagrado recinto, razón por la cual, entre otras, me refiero a él como pirata y no como “Sir” que es como tienen a bien llamarle sus paisanos. El deterioro es inexorable y en 1886 fue demolida, aunque se reconstruyó. Finalmente, una vez más, en esta ocasión debido a un incendio en 1978, la pequeña iglesia desaparece. Dos años más tarde se levantó de nuevo.

¿Cómo es posible que un lugar inaccesible y casi inhabitable haya pasado por tantas vicisitudes? Quizás las almas de aquellos que, acusados de brujería por la Santa Inquisición, eran encerrados en las cuevas de San Juan de Gaztelugatxe, le puedan dar una respuesta. ¿Se atreven a preguntarles?

Fuente de la imagen: Flickr.com

FONTANA DE TREVI. La Fuente de los Deseos.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº51

     Volvemos de nuevo a la Ciudad Eterna. Siempre se vuelve cuando amas el arte y la historia, es inevitable. En esta ocasión, la visión fortuita del eterno fotograma de La Dolce Vita con Anita Ekberg, me ha sellado el billete para partir hacia la mayor fuente de Roma, la Fontana de Trevi.

     Todo se remonta a los tiempos de Agripa. Un grupo de sus soldados se hallaban en las afueras de la ciudad de las siete colinas, precisamente en busca de agua, cuando una joven muchacha (la Virgen, según quien nos cuente la historia) les mostró la “Aqua Virgo” o “Vergine” que se llevó hasta Roma mediante un acueducto. Esta es el agua que mana en forma de cascada entre las rocas de la “falsa naturaleza” de la Fontana.

    En 1732, mediante concurso, se le asigna a Nicola Salvi el proyecto para la fachada del palacio Poli, pues eso es en realidad nuestra fuente, la fachada de un palacio. Una fachada muy escenográfica en la que el Barroco se despliega en todo su esplendor, entremezclándose elementos propios del Rococó, como la decoración del nicho central, y un cierto retorno al clasicismo, patente en esa conexión de nuevo con la naturaleza de la que hemos hablado, que preludiaría el neoclasicismo decimonónico. No en vano, hay quien señala la Fontana de Trevi como el fin del barroco romano.

     La monumental fachada, en la que algunos han querido ver un trasunto del arco de Constantino, está conformada por tres calles, separadas por columnas gigantes de orden compuesto, que sirven de marco para ricas escenas alegórico-mitológicas. La calle central alberga una poderosa hornacina de cuarto de esfera que sirve para enmarcar la figura de Neptuno sobre una concha tirada por caballos marinos y tritones, obra de Pietro Bracci. A nuestra derecha, la personificación de la fuerza curativa, esa que tiene el agua corriente y que, en aquella época, no era nada habitual, de Filippo della Valle. Sobre ella, un alto relieve, de Andrea Bergondi, nos muestra ese momento comentado en el que una joven muestra el manantial a los soldados romanos. En la parte izquierda se repite estructura, una alegoría de la abundancia propiciada por esa agua, igualmente de Della Valle, y encima, el alto relieve de Giovanni Grossi que muestra a Agripa revisando los bocetos del acueducto.

     En cuanto a la famosa tradición de lanzar la moneda, es de esperar que aquellos lectores que estén viajando conmigo habitualmente sepan por donde van a ir mis tiros. Me temo que esta vez, discúlpenme, voy a defraudarles, pero vayamos por partes. Son varias las “versiones” del numerito de la moneda, la más extendida es que al lanzarla a la fuente nos aseguraremos el retorno a Roma, pero hay mas. Si son dos las que tiramos, amore, amore, encontraremos el amor con una italiana o italiano, atractivo en cualquier caso, faltaría más. Pero es que si queremos que la cosa acabe en boda digna de cuento de hadas, serán tres las que deberemos lanzar. Atrás quedo el mito, más romántico pero menos rentable, en el que estos efectos se conseguían según el número de sorbos de agua de la fuente. El caso es que, moneda a moneda, se extraen al año…en torno…a…¡un millón de euros!, usados para fines benéficos, eso dicen.

     Y yo debería decir que esto es cosa de turistas y no de viajeros, que no hagan el tonto y se gasten las monedas en un buen café italiano o en una birra, pero les contaré la experiencia de alguien muy cercano a mi, yo mismo. En mi primera visita a Roma, me ajusté al guion establecido y lance la monedita de turno, ¿saben?, volví. En ese segundo viaje, no visite la Fontana, pues preferí ver cosas que todavía no había visto y, obviamente, no hubo moneda, ¿saben?, no he vuelto. Y lo que es peor, la segunda persona más cercana a mi, ¡ha tenido la misma experiencia!. Así que por si acaso, por una vez y sin que sirva de precedente, hagan el turista y tiren la moneda.

El Panteón de Agripa. La morada de los Dioses.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº61

     La ciudad eterna de nuevo nos llama. No puede ser de otra forma. Cuando todavía existen lugares en los que la historia y el arte se dan la mano, se besan y apasionan en cada esquina, los viajeros nos vemos obligados a volver una y otra vez para seguir maravillándonos en los lugares que ya conocemos o en aquellos nuevos que siempre quedan por descubrir. Hoy les quiero llevar a otra joya inigualable de la urbe romana, aquel lugar del que el mismísimo Miguel Ángel dijo que su diseño parecía divino y no humano, el Panteón de Agripa. 

     Las lecciones comienzan ya antes de entrar al observar el frontón triangular de su fachada, pues la inscripción presente en este no debe llevarnos a equívocos; M·AGRIPPA·L·F·COS·TERTIVM·FECIT, es decir, “Marco Agripa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez, (lo) hizo”. Esta inscripción llevó durante muchos siglos a pensar que, efectivamente, el templo había sido construido en tiempos de Agripa, pero no es así. Investigaciones realizadas en el siglo XIX descubrieron que este templo data de la época de Adriano (aproximadamente un siglo después) y que el primitivo templo de Agripa, dedicado a todos los dioses (etimología de Panteón), había sido destruido durante los incendios del año 80 d.C. 

     Esta pronaos que sirve de vestíbulo al módulo circular principal es, en realidad, un pórtico de 16 columnas de capiteles corintios dispuestas en tres naves, la central, cubierta con bóveda, que da acceso al templo y más ancha que las laterales cubiertas con techumbre plana. Todo este pórtico se corona con un frontón triangular de clara influencia griega. 

     Se desconoce al autor de esta obra cumbre de la arquitectura antigua, aunque se señala con insistencia el nombre de Apolodoro de Damasco, del que se sabe que fue arquitecto de Trajano, por sus muestras de genialidad en otras obras contemporáneas. Pero pasemos al interior y dejemos que el asombro nos sobrecoja.  

     Si en nuestro viaje de la semana pasada veíamos la magnificencia del interior de Santa Sofía, el de este Panteón no es menos espectacular. Pasamos a un inmenso y diáfano recinto de planta circular, figura geométrica que representa el acogimiento ofrecido a todos los dioses, cerrado por una espectacular cúpula de 43’5 metros, los mismos que tiene la altura de la clave de dicha cúpula, esta conjunción de medidas le da al recinto una sensación espacial única. Además, el interior de la cúpula está decorada mediante casetones que decrecen en su tamaño conforme suben, lo que aumenta enormemente la sensación de perspectiva. Con el característico pragmatismo, propio del mundo romano, dichos casetones también cumplen la función de aligerar de cierto peso a la cúpula. No olvidemos que se trata de la mayor cúpula de hormigón de la historia. 

     Como coronación, la cúpula cuenta con un óculo abierto al exterior perfilado por una cornisa de bronce. Por si lo están pensando, no se preocupen, estos romanos no están locos, lo tienen todo pensado y por eso el pavimento del recinto es ligeramente convexo para que el agua de lluvia que pueda entrar por el óculo circule hacia una canalización que hay pegada al muro. Lo que si queda esparcido por el suelo, una vez al año, el día de Pentecostés, son los miles de pétalo de rosas rojas que se lanzan desde el óculo al interior del templo para conmemorar la llegada del Espíritu Santo a los apóstoles en forma de lenguas de fuego, ¿Se lo imaginan? Háganlo y díganme si no merece la pena sacarse un billete a Roma. 

El Arco de Triunfo. La palabra de un General

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº52

“Vous rentrerez chez vous sous des arcs de triomphe”. Y Napoleón cumplió su promesa.

     Corría el año 1805 y sobre el horizonte de la Historia se asomaba la Batalla de Austerliz que daría al general corso gloria y poder. Genio del arte de la guerra, cuando la guerra todavía era un arte y las batallas se fraguaban en las mentes de inteligentes y preparados estrategas y no en las tripas insondables de un ordenador, Napoleón sabía motivar a sus tropas como nadie, era una de sus grandes virtudes. Volveréis a casa bajo arcos de triunfo, les prometió, y tras derrotar a rusos y austriacos, como un buen líder, se puso manos a la obra para cumplir su palabra.

     En 1806 comienza la construcción del Arco del Triunfo de París a cargo del arquitecto Jean Chalgrin. Inspirándose en el arco de Tito de Roma, crearía una construcción con los característicos aires clasicistas que imperaba en aquella época en Francia y gran parte del continente europeo. Sus características: Cincuenta metros de alto por cuarenta y cinco de ancho y veintidós de profundidad, con accesos de medio punto por sus cuatro lados, siendo de mayor desarrollo en los lados mayores, y ático de sección rectangular rematado en terraza. En su exterior, podemos leer los nombres de revolucionarios franceses y victorias de Napoleón, en el interior, los de 559 generales franceses, estando subrayados los nombres de aquellos que perecieron en combate.

     Pero, sin duda, lo más destacado desde el punto de vista artístico, son los cuatro altorrelieves que adosados al monumento hacen de este una auténtica alegoría del glorioso pasado militar francés. Estos son; Le Triomphe, La Résistance (Antoine Étex), La Paix (Antoine Étex) y Départ des volontaires (François Rude), este último también conocido como La Marsellaise.

     Bajo el monumento se encuentra la tumba al soldado desconocido, que data de la primera guerra mundial, con una llama perpetua que custodian asociaciones de antiguos combatientes.

     En el interior podemos hallar un pequeño museo acerca de la construcción del Arco y su historia que, lógicamente, teniendo el simbolismo que tiene ha sido el escenario de grandes acontecimientos entre los que cabría destacar el paso de los restos mortales de Napoleón, en 1840, que paradojicamente no vio acabado el Arco, o los desfiles militares de las dos guerras mundiales en 1919 y 1944.

     Incluso, si nos animamos a subir 286 escalones, podremos llegar al ático del arco y tener una interesante vista de la avenida de los Campos Elíseos, sobre la que se encuentra, y el Barrio de la Defensa.

     Por cierto, por aquello de no ser traidor, les haré una advertencia a mis querido viajeros (que no turistas). Usen los pasos subterráneos que hay para acceder a la base del arco, están en la considerada “rotonda más peligrosa del mundo”, la plaza Charles de Gaulle (antiguamente Place de l’Etoile), en ella confluyen, “solo”, doce de las avenidas más importantes de París. Parece obvia la advertencia, pero “Cosas veredes amigo Sancho…”

Au revoir et bonne vsite.

Santa Sofía. La Divina Sabiduría.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº 60.

     Existen estilos arquitectónicos que casi se definen solo por una obra. Ese “casi” es el margen de error con el que siempre se debe contar en todo lo referente a las Humanidades que, afortunadamente, no son una ciencia exacta. No sería justo obviar La Catedral de San Marcos (de la que ya hablamos en este viaje), la Catedral de San Basilio en Moscú o la iglesia de San Vital en Venecia a la hora de adentrarnos en el preciosista arte bizantino, pero si tuviéramos que quedarnos (y tenemos que hacerlo por aquello de las leyes espacio-temporales) solo con una obra, con un edificio significativo para comprender dicho arte, esta sería sin lugar a dudas, Santa Sofía de Constantinopla (actual Estambul).

Comencemos diciendo que esta basílica no se concibe como un templo de oración para el pueblo, sino como la gran obra del emperador Justiniano, casi como una gran “capilla” junto a su palacio. De hecho, cuenta la leyenda que el “modesto” emperador exclamó al verla terminada, “¡Salomón, te he superado!”. Obviamente, Justiniano, hacía referencia a la construcción del Templo de Jerusalén, aunque la frase cargada de soberbia podría tener un doble sentido más profundo. Salomón era conocido como un rey sabio y la nueva basílica justiniana estaría bajo la advocación de Santa Sofía, termino griego que significa sabiduría, por lo que fue conocida como la “Iglesia de la Divina Sabiduría”.  Esto, obviamente, podía hacer referencia a una sabiduría etérea, abstracta, intangible…o a una bien clara y definida, la sabiduría necesaria para la planificación y alzamiento del templo, en especial de su sistema de transmisión de empujes y sostén de la Cúpula Mayor que marca un hito en la historia de la arquitectura.

La planta consta de tres naves, pero inscritas en una planta de cruz griega que centraliza todo el conjunto bajo la gran cúpula. Se aunaba así la planta basilical de tradición occidental y la centralizada oriental. La cúpula, al exterior, traslada su empuje longitudinalmente a dos grandes exedras que a su vez descansan respectivamente sobre otras dos de menor radio y situadas en diagonal. Al interior, se articula como una concha gallonada de cuarenta nervios y cuarenta plementos, apoyándose sobre cuatro pechinas, carece de tambor y en el arranque de la cúpula, en cada plemento, se abren vanos de medio punto que, al recibir la luz exterior, provocan el característico efecto de simular que la cúpula flota en el vacío. Su efectismo es, sin duda, espectacular.
Al interior, las naves laterales se separan de la central por arcos de medio punto sostenidos por columnas y pilares, igualmente de una considerable altura, lo que de nuevo incide en una concepción espacial única para la época.

En cuanto su historia, no descubrimos nada al decir qué desde su inauguración en el 537, muchos han sido los avatares que ha sufrido el templo. Primero tuvo que soportar las tristemente célebres guerras iconoclastas bizantinas, posteriormente los ataques de los cristianos latinos durante las cruzadas, los saqueos musulmanes, su conversión en mezquita, terremotos, incendios…,y sin embargo, como ocurre con tantos y tantos edificios de la antigüedad, ahí persiste, ahí se mantiene, aparentemente impertérrita al paso del tiempo y de los hombres, como si esa luz de divina sabiduría que inunda su interior, fuera devuelta al exterior en forma de protección frente a nuestras torpezas.
Es esa la sensación que ya desde el exterior imbuye en el viajero (en el turista no, el turista está haciendo fotos para el “istagran”), la sensación de estar en un lugar atemporal, un lugar de quietud y calma, un lugar de sabiduría y de divinidad… ¿serán la misma cosa?.

Fuente Imagen: Pixabay