La Plaza de España de Sevilla. El abrazo andaluz.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº44

Se define la arquitectura como el arte de crear espacios. Pero casi siempre que hablamos de espacios arquitectónicos creados por el hombre, parece que en nuestro subconsciente salta algún tipo de alarma, algún chasquido de lengua resultado de pensar en estelas de alquitrán flanqueadas por moles de hormigón, atestadas de tráfico, de peatones con prisa, de prisas a lomos de peatones, humo, ruido, gritos…ciudades. Calma, el hombre no es malo del todo, incluso a veces es capaz de crear cosas maravillosas, espacios arquitectónicos incluidos. 

“Sé de un lugar”, que cantaba Triana, un lugar acogedor, agradable, hermoso, un lugar en el que pasear sin que el tiempo ni el bullicio de la ciudad nos incomode, y sí, fue creado por el hombre. Fue allá por 1929, fue para una Exposición Iberoamericana, y ya que estamos recordando canciones, “Sevilla tuvo que ser” y su Plaza de España el lugar por el que hoy les quiero invitar a pasear. 

De planta elíptica, su eje mayor alcanza los 170 metros y su superficie los 50.000 m2. Su forma no es casual pues se buscaba simbolizar el abrazo de España a los pueblos americanos, sumándose a ello su orientación hacia el Guadalquivir como camino hacia América. Ambos brazos finalizan en sendas torres que, en su día, fueron motivo de no pocas polémicas por rivalizar en altura con la Giralda. 

Ubicada como parte del también famoso parque de María Luisa e inaugurada por Alfonso XIII, fue proyectada por el arquitecto Aníbal González, es un claro ejemplo de la llamada arquitectura regionalista, un extraño invento patrio de poca duración que, prácticamente, y pese a nacer como rechazo, o competencia, al modernismo, se nutría de sus mismos principios elementales; eclecticismo, gusto por las formas exóticas y los estilos pretéritos, líneas curvas y prioridad de lo decorativo. En el caso de la Plaza de España sevillana, destaca por encima de todas las demás las influencias del arte mudéjar y el uso de la decoración con azulejos. Este sin duda es uno de los puntos ineludibles para el turista, (creo que ya hable en alguna ocasión de la diferencia entre turista y viajero, pero si no lo hice recuérdenme que lo haga en alguna ocasión) como decía, todo mal turista que se precie debe hacerse la foto de rigor en los bellísimos, eso sí, azulejos de las provincias españolas conformados por su ubicación en un mapa, el escudo y algún acontecimiento destacado de la misma. Pero no están todas, y descubrir cual es puede ser un buen ejercicio para el viajero (no para el turista que tendrá prisa en hacerle fotos a no se qué).  

Pasear, pasear, pasear, sentir, respirar, observar, ver, mirar, ver, mirar, ver, mirar…dejarse llevar por esta joya arquitectónica más labrada que construida, mas escultura que edificio. 

Y si les gusta el cine, y me consta que así es en algún que otro lector, están de suerte. Están en el cuartel general del ejercito británico en El Cairo de Lawrence de Arabia, están en el planeta Naboo de la Guerra de las Galaxias paseando con Padme y Anakin, están desde luego en un decorado irrepetible, sepan saborearlo. ¿Siguen con ganas de más?, estupendo, allí mismo tiene su sede un Museo Militar que desde luego no les dejará indiferentes como los buenos amantes de la historia por los que les tengo. 

“Sevilla tiene un color especial”…así es. 

Fuente de la imagen: Pixabay.

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EL TEMPLO DE LA GENIALIDAD. El Teatro – Museo Dalí.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº45

El pasado día once de mayo, se conmemoraba el nacimiento de Salvador Dalí, concretamente 112 años desde que en Figueras (Gerona) su madre Felipa Domènech i Ferré, le diera a luz aproximadamente a los nueve meses del fallecimiento del primogénito, lo que hizo creer a sus padres, y posteriormente a él mismo, con matices, que Salvador era la reencarnación de su propio hermano.

Citarse a uno mismo, puede parecer un feo ejercicio de autocomplacencia, pero permítanme por una vez la excepción. Dije en mi página de facebook que “deberíamos sentirnos orgullosos de ser la patria de artistas que cambiaron la historia del arte”, así que como confirmación de ese orgullo, que confieso a letras llenas que tengo, y como continuidad de mi felicitación a Salvador por su aniversario, hoy quiero llevarles a un lugar onírico y de fantasía donde el concepto de lo real se diluye entre visiones imposibles que solo pueden ser propias de un genio, el Teatro Museo Dalí.

A comienzos de los 60, D. Ramón Guardiola, alcalde de Figueras y amante del arte, pide a su paisano alguna obra suya para el Museo del Empordá. Dalí, flotando, como en él era tan habitual, entre el altruismo y la egolatría, decidió que no iba a regalar una obra, sino un museo entero a su tierra natal.

Será el mismo quien tome las riendas del proyecto y decide restaurar el antiguo teatro municipal que había sido destruido por un incendio. Las razones de esta decisión fueron varias, entre ellas: su ubicación frente a la iglesia en que había sido bautizado, el haber sido el lugar de su primera exposición y, quizás conociendo (o tal vez creyendo que conocemos) a Dalí, el aspecto fantasmagórico y tan ad hoc para desplegar su universo surrealista.

Como si de una ancestral tradición de nuestro querido país se tratase, el proyecto contó, como está mandado, con toda clase de problemas y obstáculos, a saber: negativas de los vecinos, problemas burocráticos, dificultades económicas, etc. Pero, finalmente, en el verano de 1970 se aprueba el proyecto que desembocaría en la inauguración del Museo en octubre de 1974, si bien el Museo no estaba acabado, otro clásico de nuestra idiosincrasia cultural. Supongo que para sorpresa de muchos, su posición entre los museo más visitados de España varia entre el segundo y el tercer puesto, solo superado por el Museo del Prado.

Obviamente, fueron varios los arquitectos con los que contó Dalí para la remodelación y puesta en marcha de su Teatro, pero fue con el murciano Emilio Pérez Piñero con quien más trabajó y con el que, incluso llegó a trabar amistad. Éste fue el encargado de proyectar la impresionante cúpula de látex que corona el edificio.

¿El interior?, imposible de describir. Surrealismo, puro y duro, sin más. Objetos descontextualizados de los que emergen otras utilidades y formas insospechadas, extravagancias que uno no deja de admirar y preguntarse por qué le parecen bellas, ilusiones, sueños de otro que nos parecen propios, pinturas de magnífica ejecución en todos sus aspectos formales, aunque no sepamos que representan… Incluso, encontraremos, dándonos una vuelta de tuerca más a nuestras ya asombradas neuronas, objetos y pinturas del más puro y estricto corte clasicista que en ese entorno nos parecerán sumamente extrañas.

Hay, a mi entender, algo irrefutable en Dalí, nos gusté o no por los motivos que sean, es creador de una obra única, irrepetible e inimitable. Esto lo hago extensible a su Museo, no van a disfrutar de ninguna experiencia artística igual a la que se vive allí.

Y como despedida, un consejo de los que me gusta darles a los hipotéticos viajeros. Han salido del Teatro – Museo y tiene una extraña sensación, su mente tiene que volver a aclimatarse al mundo “real”, igual que el prisionero de Platón a las tinieblas después de ver el sol, ¡corran!, ¡no dejen que sus pensamientos vuelvan a los del adulto que son!, es el momento ideal para visitar el cercano Museo del Juguete, ¡qué lo disfruten!

Santiago de Compostela. La Catedral de España.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº46

Empieza a apretar el calor, ¡y de qué manera!, en este rincón del sureste ibérico desde el que les escribo; y el instinto de supervivencia me lleva a buscar, aunque sea con la imaginación, lugares en los que el clima le haga a uno más llevadera la existencia.

Casualidad o causalidad, según nuestras creencias, Carlos Núñez ha comenzado a sonar y como un preciso rayo mis recuerdos, que no mi imaginación, me han llevado a una de las momentos más hermosos y sobrecogedores que he tenido la suerte de vivir y, lo que es mejor, de ¡sentir!.

Santiago de Compostela, una Plaza del Obradoiro prácticamente desierta, una fina y pertinaz lluvia, una lluvia que solo llueve allí “donde la lluvia es arte” y en uno de los arcos de acceso a la plaza, un gaitero, supongo que más por inspiración que por las escasas monedas que pudiera ganar aquella tarde lluviosa, llenando de magia y deliciosa melancolía el lugar con su instrumento. Suena a topicazo, lo sé, incluso a veces al evocar aquella estampa pienso si fue real, lo fue, créanme.

La Catedral de Santiago de Compostela, es una maravilla se mire por donde se mire y no es una frase hecha; la fachada de Azabachería, la de las Platerías o la de la Quintana, sus torres de las Campanas, de la Carraca, del Reloj, su interior que aúna elementos de un románico en declive y un gótico naciente, su Tesoro, su popular Botafumeiro y ¿cómo no?, su fachada del Obradoiro y su Pórtico de la Gloria del Maestro Mateo.

Todo comenzó allá por el año 814 cuando el Obispo de Iria Flavia, Teodomiro, descubrió la tumba del Apóstol Santiago. No son pocos los que creen que aquellos restos no eran los del apóstol, ni los que creen que ni siquiera se descubrieron restos, bueno, puede ser, pero pienso que lo hermoso de las leyendas es creerlas. Probablemente la mayoría de leyendas que conforman nuestro acervo cultural no soportarían una investigación rigurosa y científica, pero es que son leyendas, si fueran hechos sería historia, no los confundamos. La magia es magia y cuando descubrimos sus trucos deja de serlo y es una pena, ¿no?, y que conste que quien esto escribe se considera amante de la historia como el que más, pero al pan…¡pan!.

El caso es que, en aquel lugar en el que se alzó una capilla, entre el 1077 y el 1078, con el Maestro Bernardo al frente, comienza a construirse la actual Catedral. Posee planta de Cruz Latina de tres naves con amplio crucero y deambulatorio como es característico de las llamadas iglesias de peregrinación. En el interior, una de las características de ese pujante gótico que hemos comentado es la apertura de un triforio con ventanales geminados, un “segundo piso” de las naves laterales de las que dice el Códice Calixtino: “Quien recorre por arriba las naves del triforio, aunque sube triste, se vuelve alegre y gozoso al contemplar la espléndida belleza del templo”.

Habría mucho que escribir sobre una de las maravillas de España, pero como saben, este espacio no pretende ser ningún tratado, ni clase magistral, tan solo unas breves notas de vivencias personales que, ojalá, les lleve a ustedes a la curiosidad de saber más y quien sabe si a querer conocer alguno de los lugares que cada mes disfruto proponiéndoles.

Un secretillo, si quieren una impresión de esas que se quedan para siempre, esperen que caiga la noche y accedan a la Plaza a través de una calle llamada Avenida de Raxoi, prepárense por que al doblar un recodo a la derecha la fachada de la Catedral se les echará literalmente encima, inolvidable.

Fuente Imagen: Pixabay

Corcovado. El Cristo Olímpico

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº48

Como creo haber dicho en alguna ocasión, me considero un hombre optimista y pienso que, pese a los innegables problemas que nos rodean por doquier, vivimos una época maravillosa, casi mágica. ¿Imaginan que les hubieran contado a nuestros abuelos en su juventud como seria nuestra sociedad actual?, ¿cómo la tecnología lo invadiría todo y las cosas que se harían con ella?, muchas barbaridades, lo sé, pero también tenemos innumerables ventajas y comodidades de las que no parecemos acordarnos cuando nos ponemos a criticar la informatizada vida moderna. Una de las prodigiosas posibilidades que tenemos a nuestro alcance hoy en día es la de tener un conocimiento casi infinito en la palma de la mano, literalmente. Claro que incluso esa posibilidad requiere de una importante esfuerzo humano, ¡querer!

Con el pebetero olímpico aún calentito me pregunto si habrán sido muchos los olímpicos espectadores que habrán querido aprender algo sobre Rio de Janeiro o si lo mismo daba que los juegos se hubieran celebrado en Nuestra Señora del Señor en Señórigo (Mítico pueblo del programa radiofónico Gomaespuma) . Les confieso que me encanta el deporte, de verdad, pero para mi ver la tele no es ningún deporte y prefiero salir a pedalear al aire libre que ver deportes de los que no volveré a saber nada hasta dentro de cuatro años. Y puestos a estar sentados, y merced a esa tecnología de la que les hablaba al comienzo del artículo, prefiero viajar, aprender y aprehender. Así que Rio puede ser un buen destino al que nos lleven nuestras Huellas de Cultura y ustedes una excelente compañía, ¡despegamos!.

Río de Janeiro se asienta en una bahía rodeada de montañas y colinas, entre ellas el cerro de Corcovado que corona el impresionante Cristo Redentor que parece bendecir la ciudad. Se trata de una gigantesca estatua de treinta metros que representa a Cristo vestido con túnica, con los brazos en cruz, las palmas hacia adelante y la cabeza ligeramente ladeada hacia la izquierda. A esos treinta metros, hay que añadirles ocho del pedestal, lo que puede dar una idea de la sensación de grandiosidad e incluso vértigo que provoca situarse a sus pies y alzar la vista en busca de su cúspide.

Fue el religioso, Pedro María Boss quien en 1859 le propuso la construcción de un monumento religioso destacado en la ciudad a la princesa Isabel de Brasil, la cual, parece ser que no prestó demasiada atención a la idea del presbítero. Llegaría la República con la consiguiente separación entre Iglesia y Estado y la idea no sería retomada hasta 1921 como parte de los fastos del centenario de la independencia de Brasil (7 de septiembre de 1822). La construcción del monumento se encargaría al francés Paul Landowski, quien contaba en su taller con el escultor rumano Gheorghe Leonida que se encargaría de la ejecución del rostro, si bien los diseños son de Carlos Oswal. La escultura fue trasladada desde Francia a Río de Janeiro dividida, obviamente, en cientos de partes. Solo la cabeza constaba de cincuenta piezas. En un principio, estaba previsto que la figura de Cristo sostuviera una cruz en la mano izquierda y un globo terráqueo en la derecha, pero durante la construcción se desechó la idea ante el posible desequilibro que podía provocarse en la estructura por los vientos imperantes en la zona.

Es destacable que durante las operaciones de ensamblaje de la obra, y teniendo en cuenta la época y condiciones en las que se trabajó, no se produjo ninguna víctima, algo desgraciadamente habitual en cualquier tipo de construcción hasta bien entrado el siglo XX. Desde el 2007 es una de las nuevas siete maravillas del mundo y desde hoy, para mi, un homenaje a todos aquellos atletas que se sacrificaron, lucharon, arriesgaron…y no ganaron, ellos también son olímpicos.

Santa María in Trastevere. La otra Roma.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº49

Llevamos algunas jornadas de viaje juntos y los que hayan tenido a bien seguirme sabrán de mi interés por defender al viajero frente al turista, el connossieur frente al alienado ser, cámara de fotos con patas, que ni aprende, ni conoce, ni vive el momento, ni puñetera falta que le hace, pues se trata de abrumar a amigos y familiares con centenares de fotos que den fe de lo espectacular y caro de su viaje, ¡y las buenas fotos que hace!. Dejémosles donde van todos y vayamos a uno de esos lugares no tan conocidos.

En París, Barcelona, Roma y cualquier ciudad de Centros Histórico – Artísticos plagados de hordas de turistas, existen barrios que por circunstancias propias de las historias de cada ciudad han quedado excluidos de los grandes circuitos y que suelen ocultar tesoros poco conocidos. Es cierto que, a menudo, estos lugares suelen ser poco recomendables para el turista, o al menos eso nos dicen las guías vaya a usted a saber por qué. Pero los viajeros estamos hechos de otra pasta y además, los parnasianos, no tenemos ese problema. Vámonos al Trastevere en Roma.

El barrio del Trastevere ha guardado gran parte de su autenticidad, de su esencia, debido, en gran parte, a lo que su propio nombre nos indica, Trans Tiberim, es decir, “al otro lado” del Tiber, el río que cruza la capital italiana. Esa circunstancia ha hecho que el barrio haya sido sistemáticamente ignorado por las numerosas remodelaciones urbanísticas y haya conservado, casi intacto, su trazado medieval de estrechas callejuelas. El genuino sabor de este barrio, que nos transporta a las postales más castizas del cine italiano, ya de por sí merece la pena. Pero dijimos que estos lugares, apartados de lo habitual, suelen ocultar tesoros y así es, les hablo de la Basílica de Santa María.

Asentada sobre los restos de una basílica paleocristiana, el edificio actual se levantó en el siglo XII y fue levantado en gran parte con material de desecho, como si la humildad y pobreza del barrio ya fuera algo arraigado al lugar. La fachada se conforma con un pórtico transversal de aires barrocos venecianos, diseñado por Carlo Fontana, tras él se levanta el segundo cuerpo correspondiente a la fachada original en el que podemos contemplar, bajo el frontón triangular que la corona, un precioso mosaico a modo de friso que muestra a la Virgen con niño recibiendo diversos presentes. Accedemos a la iglesia de planta basilical con tres naves separadas longitudinalmente por columnas, procedentes de las Termas de Caracalla. La central de mayor altura que las laterales, lo que permite la apertura de vanos para la iluminación del templo, se cubre con una elaborada techumbre plana de madera del pintor Domenichino, y al fondo, el ábside que al más puro estilo del mosaico bizantino, con dorados y figuras de marcada frontalidad, muestra como figura central un impresionante Cristo en majestad.

Merece la pena, tras haber saboreado con el espíritu tan espléndido lugar, saborear con el paladar la popular, nunca mejor empleado el término en esta ocasión, comida romana en alguna de los numerosas Trattorias que encontraremos por el barrio y volver, ya caída la noche, a pasar por la plaza de la iglesia para deleitarnos con la fuente más antigua de Roma.

Vamos a hacer una cosa, aunque sea cosa de turistas, tiremos una moneda a la fuente, no para volver, que los viajeros vamos donde queremos, sino para pedir a quien corresponda que el Trastevere siga siendo lo que es y no un barrio turístico-comercial más de Roma, porque, dense prisa, ya está siendo invadido.

Fuente de la imagen: Arte.it

 

Santa María dei Fiore. El comienzo del renacer.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº62

Solemos tener presente, aquellos que mostramos un cierto interés por la cultura, un esquema más o menos definido en nuestras cabezas de los distintos periodos históricos y artísticos. Creamos una raya que nos sirve para dividir en compartimentos más pequeños la historia y así poder afrontarla con mayor claridad. Esto, obviamente, no es así, no existe una fecha marcada en el calendario en la que comience la Edad Moderna, o de inicio el Barroco. No obstante, en algunas ocasiones, hay hitos que son tomados como puntos de partida para realizar esas divisiones. Este es el caso de la obra que hoy nos ocupa, la iglesia de Santa María dei Fiori, la Catedral de Florencia. 

Ocurre a menudo en los malos manuales de historia del arte y en el imaginario colectivo, tendente tristemente en los últimos tiempos al resumen y el titular fácil, que al hablar de la catedral de Florencia se reduce todo a la grandiosa cúpula de Brunelleschi.  Pero dicha cúpula se sustenta sobre una iglesia no menos grandiosa y de justicia es que le prestemos algo de atención. 

El duomo (del latín domus, casa), pues tal es el nombre de la catedral florentina, se concibió, como muchas iglesias de origen tardomedieval, como edificio cívico y religioso. Aunque sea salirnos del guion establecido recordaremos brevemente que el origen de la tipología habitual de las iglesias, incluso una de las formas de nombrarlas, tiene su origen en las “basílicas” romanas que era edificios destinados a cuestiones civiles; reuniones, asuntos de justicia, mercados, etc. Al crecer el cristianismo, y con él el número de fieles que acudían a sus distintas celebraciones, se hacían necesarios edificios que pudieran albergar a un considerable número de personas, optándose por la tipología romana comentada como mejor solución. 

El edificio fue financiado por la República de Florencia y por el gremio de artesanos de la lana, algo también habitual en la época. Sobre la pequeña iglesia de Santa Reparata, Arnolfo di Cambio, que al parecer ya había trabajado en algunas basílicas paleocristianas de Roma, proyecta un edificio que comenzará a construirse en 1296. A partir de aquí, y como suele ser habitual, la historia de la construcción del edificio se torna compleja y controvertida; pasan por la maestría de la fábrica Giotto, Francesco Talenti, Andrea Pisano… la obra sufre diversos parones, la rivalidad con Pisa en la construcción del campanile externo…cuestiones que sobrepasan la intención de rápidas, pero incitantes pinceladas, que siempre ha intentado tener este espacio.  

Sea como fuere, la basílica queda constituida con tres naves, la central de mayor desarrollo y un transepto que se muestra en planta tan solo a través de dos capillas poligonales, una tercera, a modo de absidiolo, aparece tras el crucero. 

Y ahora sí, llegamos al año 1418 en el que mediante concurso se adjudica a Brunelleschi la construcción de la cúpula que debía coronar el templo. El reto no era pequeño, se trataba de cubrir un diámetro de 42 metros, esto suponía que la construcción de una cimbra (un andamio de madera que sirve para la construcción de arcos y bóvedas) se hacía poco menos que imposible. Brunelleschi resolvió el asunto construyendo dos casquetes, haciendo que el exterior se sustente sobre el interior mediante un armazón de listones de maderas y ladrillos engarzados, una configuración llamada “en espina de pez”. Así la construcción va subiendo por medio de anillos concéntricos que se van autosustentando.  Al exterior, contrastan los ocho plementos de ladrillo, con los nervios de mármol blanco que los separan. Estos nervios, intencionadamente estilizados, acuden a su encuentro en la alargada linterna, obra también de Brunelleschi que corona el conjunto, dotando así a la inmensa cúpula de una ligereza inusitada que sobrecoge e impresiona al visitante. Vayan y compruébenlo. 

Fuente de la imagen: Wikimedia Commons

San Juan de Gaztelugatxe. De nuestro mágico norte.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº50

¿Qué tienen las tierras del norte que tanto nos fascinan?, ¿será cierto que es tierra de trastolillos, iratxoaks, meigas, sumicius…?, ¿será que la bruma que devora la costa desde el Atlántico nos oculta naufragios de tiempos remotos, sirenas de cuentos populares y leyendas que se pierden en el tiempo?. Quiero creer que sí, porque al igual que ocurre con la magia, los mitos, las fábulas, los cuentos…solo son hermosos mientras crees en ellos. Pero incluso si eres un animal totalmente racional, cosa improbable en un buen viajero (que no turista), si que hay una magia real y tangible que llena de encanto esas tierras, bueno, varias; la magia de sus paisajes, la magia de su fauna, la magia de su contundente y exquisita gastronomía, la magia de sus vinos; el ribeiro, el rioja, el txacolí…¿y la sidra?, y sobre todo y por encima de todo, pues sin ellos no habría magia, la de sus gentes. Desde el cabo de Finisterre hasta el golfo de Vizcaya, sin importar las divisiones ficticias que aparecen en los mapas, gentes duras, sí, forjadas por tempestades y siglos de historia, pero gentes hospitalarias, acogedoras, honestas y, ante todo, sinceras y de palabra, que cuando te dan su amistad te la dan para siempre.

Pero esto va de lugares concretos, de sitios que ver, que visitar, que saborear, que disfrutar. Vamos a un lugar inigualable y…mágico: San Juan de Gaztelugatxe.

Gaztelugatxe, es un islote situado frente a las costas de Vizcaya que se une a tierra firme, como si de un cordón umbilical se tratara, mediante un estrecho camino que serpentea desde la costa hasta la parte superior del peñón, y que consta de 241 escalones, los cuales nos conducen hasta la ermita que corona el lugar y que está dedicada a San Juan Bautista. Según la tradición, el santo tocó tierra en este punto de la costa vasca, dejando marcada sus huellas en la roca.

¡Casi se me olvida!, una vez que hayamos recorrido la rocosa escalinata, deberemos tañer la campana de la ermita por tres veces para que nuestro deseo se cumpla. Miren, tóquenla, que nunca se sabe, pero les garantizo que el simple hecho de llegar arriba les hará sentirse abrazados por la majestuosidad de la naturaleza y ese, aunque no lo supieran, sentirán que ya es un deseo más que cumplido.

En cuanto a la ermita en sí, al igual que las olas que embaten su pedestal, ha tenido una historia tempestuosa. Su origen se remonta al siglo IX o X según las fuentes. En el siglo XI, consta que Íñigo López, primer señor de Vizcaya, dona la ermita al monasterio de San Juan de la Peña. Estuvo un tiempo habitado el lugar por frailes, pero al parecer, estos lo abandonaron. La siguiente referencia nos lleva al siglo XIV en el que los siete caballeros de Vizcaya, empleando el lugar a modo de baluarte defensivo, plantaron cara a Alfonso XI. Ya en 1596, el pirata Francis Drake asalta y saquea San Juan, teniendo el bonito detalle de despeñar al ermitaño que cuidaba el sagrado recinto, razón por la cual, entre otras, me refiero a él como pirata y no como “Sir” que es como tienen a bien llamarle sus paisanos. El deterioro es inexorable y en 1886 fue demolida, aunque se reconstruyó. Finalmente, una vez más, en esta ocasión debido a un incendio en 1978, la pequeña iglesia desaparece. Dos años más tarde se levantó de nuevo.

¿Cómo es posible que un lugar inaccesible y casi inhabitable haya pasado por tantas vicisitudes? Quizás las almas de aquellos que, acusados de brujería por la Santa Inquisición, eran encerrados en las cuevas de San Juan de Gaztelugatxe, le puedan dar una respuesta. ¿Se atreven a preguntarles?

Fuente de la imagen: Flickr.com