FONTANA DE TREVI. La Fuente de los Deseos.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº51

     Volvemos de nuevo a la Ciudad Eterna. Siempre se vuelve cuando amas el arte y la historia, es inevitable. En esta ocasión, la visión fortuita del eterno fotograma de La Dolce Vita con Anita Ekberg, me ha sellado el billete para partir hacia la mayor fuente de Roma, la Fontana de Trevi.

     Todo se remonta a los tiempos de Agripa. Un grupo de sus soldados se hallaban en las afueras de la ciudad de las siete colinas, precisamente en busca de agua, cuando una joven muchacha (la Virgen, según quien nos cuente la historia) les mostró la “Aqua Virgo” o “Vergine” que se llevó hasta Roma mediante un acueducto. Esta es el agua que mana en forma de cascada entre las rocas de la “falsa naturaleza” de la Fontana.

    En 1732, mediante concurso, se le asigna a Nicola Salvi el proyecto para la fachada del palacio Poli, pues eso es en realidad nuestra fuente, la fachada de un palacio. Una fachada muy escenográfica en la que el Barroco se despliega en todo su esplendor, entremezclándose elementos propios del Rococó, como la decoración del nicho central, y un cierto retorno al clasicismo, patente en esa conexión de nuevo con la naturaleza de la que hemos hablado, que preludiaría el neoclasicismo decimonónico. No en vano, hay quien señala la Fontana de Trevi como el fin del barroco romano.

     La monumental fachada, en la que algunos han querido ver un trasunto del arco de Constantino, está conformada por tres calles, separadas por columnas gigantes de orden compuesto, que sirven de marco para ricas escenas alegórico-mitológicas. La calle central alberga una poderosa hornacina de cuarto de esfera que sirve para enmarcar la figura de Neptuno sobre una concha tirada por caballos marinos y tritones, obra de Pietro Bracci. A nuestra derecha, la personificación de la fuerza curativa, esa que tiene el agua corriente y que, en aquella época, no era nada habitual, de Filippo della Valle. Sobre ella, un alto relieve, de Andrea Bergondi, nos muestra ese momento comentado en el que una joven muestra el manantial a los soldados romanos. En la parte izquierda se repite estructura, una alegoría de la abundancia propiciada por esa agua, igualmente de Della Valle, y encima, el alto relieve de Giovanni Grossi que muestra a Agripa revisando los bocetos del acueducto.

     En cuanto a la famosa tradición de lanzar la moneda, es de esperar que aquellos lectores que estén viajando conmigo habitualmente sepan por donde van a ir mis tiros. Me temo que esta vez, discúlpenme, voy a defraudarles, pero vayamos por partes. Son varias las “versiones” del numerito de la moneda, la más extendida es que al lanzarla a la fuente nos aseguraremos el retorno a Roma, pero hay mas. Si son dos las que tiramos, amore, amore, encontraremos el amor con una italiana o italiano, atractivo en cualquier caso, faltaría más. Pero es que si queremos que la cosa acabe en boda digna de cuento de hadas, serán tres las que deberemos lanzar. Atrás quedo el mito, más romántico pero menos rentable, en el que estos efectos se conseguían según el número de sorbos de agua de la fuente. El caso es que, moneda a moneda, se extraen al año…en torno…a…¡un millón de euros!, usados para fines benéficos, eso dicen.

     Y yo debería decir que esto es cosa de turistas y no de viajeros, que no hagan el tonto y se gasten las monedas en un buen café italiano o en una birra, pero les contaré la experiencia de alguien muy cercano a mi, yo mismo. En mi primera visita a Roma, me ajusté al guion establecido y lance la monedita de turno, ¿saben?, volví. En ese segundo viaje, no visite la Fontana, pues preferí ver cosas que todavía no había visto y, obviamente, no hubo moneda, ¿saben?, no he vuelto. Y lo que es peor, la segunda persona más cercana a mi, ¡ha tenido la misma experiencia!. Así que por si acaso, por una vez y sin que sirva de precedente, hagan el turista y tiren la moneda.

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El Panteón de Agripa. La morada de los Dioses.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº61

     La ciudad eterna de nuevo nos llama. No puede ser de otra forma. Cuando todavía existen lugares en los que la historia y el arte se dan la mano, se besan y apasionan en cada esquina, los viajeros nos vemos obligados a volver una y otra vez para seguir maravillándonos en los lugares que ya conocemos o en aquellos nuevos que siempre quedan por descubrir. Hoy les quiero llevar a otra joya inigualable de la urbe romana, aquel lugar del que el mismísimo Miguel Ángel dijo que su diseño parecía divino y no humano, el Panteón de Agripa. 

     Las lecciones comienzan ya antes de entrar al observar el frontón triangular de su fachada, pues la inscripción presente en este no debe llevarnos a equívocos; M·AGRIPPA·L·F·COS·TERTIVM·FECIT, es decir, “Marco Agripa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez, (lo) hizo”. Esta inscripción llevó durante muchos siglos a pensar que, efectivamente, el templo había sido construido en tiempos de Agripa, pero no es así. Investigaciones realizadas en el siglo XIX descubrieron que este templo data de la época de Adriano (aproximadamente un siglo después) y que el primitivo templo de Agripa, dedicado a todos los dioses (etimología de Panteón), había sido destruido durante los incendios del año 80 d.C. 

     Esta pronaos que sirve de vestíbulo al módulo circular principal es, en realidad, un pórtico de 16 columnas de capiteles corintios dispuestas en tres naves, la central, cubierta con bóveda, que da acceso al templo y más ancha que las laterales cubiertas con techumbre plana. Todo este pórtico se corona con un frontón triangular de clara influencia griega. 

     Se desconoce al autor de esta obra cumbre de la arquitectura antigua, aunque se señala con insistencia el nombre de Apolodoro de Damasco, del que se sabe que fue arquitecto de Trajano, por sus muestras de genialidad en otras obras contemporáneas. Pero pasemos al interior y dejemos que el asombro nos sobrecoja.  

     Si en nuestro viaje de la semana pasada veíamos la magnificencia del interior de Santa Sofía, el de este Panteón no es menos espectacular. Pasamos a un inmenso y diáfano recinto de planta circular, figura geométrica que representa el acogimiento ofrecido a todos los dioses, cerrado por una espectacular cúpula de 43’5 metros, los mismos que tiene la altura de la clave de dicha cúpula, esta conjunción de medidas le da al recinto una sensación espacial única. Además, el interior de la cúpula está decorada mediante casetones que decrecen en su tamaño conforme suben, lo que aumenta enormemente la sensación de perspectiva. Con el característico pragmatismo, propio del mundo romano, dichos casetones también cumplen la función de aligerar de cierto peso a la cúpula. No olvidemos que se trata de la mayor cúpula de hormigón de la historia. 

     Como coronación, la cúpula cuenta con un óculo abierto al exterior perfilado por una cornisa de bronce. Por si lo están pensando, no se preocupen, estos romanos no están locos, lo tienen todo pensado y por eso el pavimento del recinto es ligeramente convexo para que el agua de lluvia que pueda entrar por el óculo circule hacia una canalización que hay pegada al muro. Lo que si queda esparcido por el suelo, una vez al año, el día de Pentecostés, son los miles de pétalo de rosas rojas que se lanzan desde el óculo al interior del templo para conmemorar la llegada del Espíritu Santo a los apóstoles en forma de lenguas de fuego, ¿Se lo imaginan? Háganlo y díganme si no merece la pena sacarse un billete a Roma. 

El Arco de Triunfo. La palabra de un General

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº52

“Vous rentrerez chez vous sous des arcs de triomphe”. Y Napoleón cumplió su promesa.

     Corría el año 1805 y sobre el horizonte de la Historia se asomaba la Batalla de Austerliz que daría al general corso gloria y poder. Genio del arte de la guerra, cuando la guerra todavía era un arte y las batallas se fraguaban en las mentes de inteligentes y preparados estrategas y no en las tripas insondables de un ordenador, Napoleón sabía motivar a sus tropas como nadie, era una de sus grandes virtudes. Volveréis a casa bajo arcos de triunfo, les prometió, y tras derrotar a rusos y austriacos, como un buen líder, se puso manos a la obra para cumplir su palabra.

     En 1806 comienza la construcción del Arco del Triunfo de París a cargo del arquitecto Jean Chalgrin. Inspirándose en el arco de Tito de Roma, crearía una construcción con los característicos aires clasicistas que imperaba en aquella época en Francia y gran parte del continente europeo. Sus características: Cincuenta metros de alto por cuarenta y cinco de ancho y veintidós de profundidad, con accesos de medio punto por sus cuatro lados, siendo de mayor desarrollo en los lados mayores, y ático de sección rectangular rematado en terraza. En su exterior, podemos leer los nombres de revolucionarios franceses y victorias de Napoleón, en el interior, los de 559 generales franceses, estando subrayados los nombres de aquellos que perecieron en combate.

     Pero, sin duda, lo más destacado desde el punto de vista artístico, son los cuatro altorrelieves que adosados al monumento hacen de este una auténtica alegoría del glorioso pasado militar francés. Estos son; Le Triomphe, La Résistance (Antoine Étex), La Paix (Antoine Étex) y Départ des volontaires (François Rude), este último también conocido como La Marsellaise.

     Bajo el monumento se encuentra la tumba al soldado desconocido, que data de la primera guerra mundial, con una llama perpetua que custodian asociaciones de antiguos combatientes.

     En el interior podemos hallar un pequeño museo acerca de la construcción del Arco y su historia que, lógicamente, teniendo el simbolismo que tiene ha sido el escenario de grandes acontecimientos entre los que cabría destacar el paso de los restos mortales de Napoleón, en 1840, que paradojicamente no vio acabado el Arco, o los desfiles militares de las dos guerras mundiales en 1919 y 1944.

     Incluso, si nos animamos a subir 286 escalones, podremos llegar al ático del arco y tener una interesante vista de la avenida de los Campos Elíseos, sobre la que se encuentra, y el Barrio de la Defensa.

     Por cierto, por aquello de no ser traidor, les haré una advertencia a mis querido viajeros (que no turistas). Usen los pasos subterráneos que hay para acceder a la base del arco, están en la considerada “rotonda más peligrosa del mundo”, la plaza Charles de Gaulle (antiguamente Place de l’Etoile), en ella confluyen, “solo”, doce de las avenidas más importantes de París. Parece obvia la advertencia, pero “Cosas veredes amigo Sancho…”

Au revoir et bonne vsite.

Santa Sofía. La Divina Sabiduría.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº 60.

     Existen estilos arquitectónicos que casi se definen solo por una obra. Ese “casi” es el margen de error con el que siempre se debe contar en todo lo referente a las Humanidades que, afortunadamente, no son una ciencia exacta. No sería justo obviar La Catedral de San Marcos (de la que ya hablamos en este viaje), la Catedral de San Basilio en Moscú o la iglesia de San Vital en Venecia a la hora de adentrarnos en el preciosista arte bizantino, pero si tuviéramos que quedarnos (y tenemos que hacerlo por aquello de las leyes espacio-temporales) solo con una obra, con un edificio significativo para comprender dicho arte, esta sería sin lugar a dudas, Santa Sofía de Constantinopla (actual Estambul).

Comencemos diciendo que esta basílica no se concibe como un templo de oración para el pueblo, sino como la gran obra del emperador Justiniano, casi como una gran “capilla” junto a su palacio. De hecho, cuenta la leyenda que el “modesto” emperador exclamó al verla terminada, “¡Salomón, te he superado!”. Obviamente, Justiniano, hacía referencia a la construcción del Templo de Jerusalén, aunque la frase cargada de soberbia podría tener un doble sentido más profundo. Salomón era conocido como un rey sabio y la nueva basílica justiniana estaría bajo la advocación de Santa Sofía, termino griego que significa sabiduría, por lo que fue conocida como la “Iglesia de la Divina Sabiduría”.  Esto, obviamente, podía hacer referencia a una sabiduría etérea, abstracta, intangible…o a una bien clara y definida, la sabiduría necesaria para la planificación y alzamiento del templo, en especial de su sistema de transmisión de empujes y sostén de la Cúpula Mayor que marca un hito en la historia de la arquitectura.

La planta consta de tres naves, pero inscritas en una planta de cruz griega que centraliza todo el conjunto bajo la gran cúpula. Se aunaba así la planta basilical de tradición occidental y la centralizada oriental. La cúpula, al exterior, traslada su empuje longitudinalmente a dos grandes exedras que a su vez descansan respectivamente sobre otras dos de menor radio y situadas en diagonal. Al interior, se articula como una concha gallonada de cuarenta nervios y cuarenta plementos, apoyándose sobre cuatro pechinas, carece de tambor y en el arranque de la cúpula, en cada plemento, se abren vanos de medio punto que, al recibir la luz exterior, provocan el característico efecto de simular que la cúpula flota en el vacío. Su efectismo es, sin duda, espectacular.
Al interior, las naves laterales se separan de la central por arcos de medio punto sostenidos por columnas y pilares, igualmente de una considerable altura, lo que de nuevo incide en una concepción espacial única para la época.

En cuanto su historia, no descubrimos nada al decir qué desde su inauguración en el 537, muchos han sido los avatares que ha sufrido el templo. Primero tuvo que soportar las tristemente célebres guerras iconoclastas bizantinas, posteriormente los ataques de los cristianos latinos durante las cruzadas, los saqueos musulmanes, su conversión en mezquita, terremotos, incendios…,y sin embargo, como ocurre con tantos y tantos edificios de la antigüedad, ahí persiste, ahí se mantiene, aparentemente impertérrita al paso del tiempo y de los hombres, como si esa luz de divina sabiduría que inunda su interior, fuera devuelta al exterior en forma de protección frente a nuestras torpezas.
Es esa la sensación que ya desde el exterior imbuye en el viajero (en el turista no, el turista está haciendo fotos para el “istagran”), la sensación de estar en un lugar atemporal, un lugar de quietud y calma, un lugar de sabiduría y de divinidad… ¿serán la misma cosa?.

Fuente Imagen: Pixabay

Casino de Murcia . La Calle de los Sueños

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº 53 y 54.

Despierto del sueño de la calle en un patio neonazarí recubierto con miles de láminas de pan de oro que, sin duda, evoca al gran Palacio de la Alhambra, alzo la vista y contemplo una estrella de hierro y cristales coloreados…allá…arriba…arriba. 

He entrado con mi curiosidad, la fachada de la calla Trapería, de Pedro Cerdán Martínez, me ha llamado, me ha invitado…”para…pasa…sueña”. A ambos lados, dos enormes ventanales a los que el pueblo ha llamado Peceras, y tras ellos gente que hojean la prensa y debaten como suspendidos en un mundo de silencio y tranquilidad, ajenos al bullicio de la calle en un marco arquitectónico de ensueño. Sigo. 

Una impoluta calle de mármol, cubierta por una techumbre acristalada, se abre ante mí. La recorro despacio, pisando sin querer pisar. Dos imponentes arcadas  pretenden encontrarse en el infinito. A mi izquierda se abre una puerta por la que no podemos evitar entrar los dos, mi curiosidad y yo.  

Más de 20.000 volúmenes me sorprenden entre maderas, llevan allí un siglo, quizás más, ¿de dónde vinieron?, ¿quién los creó?, ¿a quiénes revelaron los secretos de sus páginas?, la llaman la Biblioteca Inglesa por la nacionalidad de sus creadores y cuenta con una tribuna superior de maderas talladas que sostienen unos flamencos de fundición a modo de ménsulas. Huele a madera, a libro antiguo, a silencio…huele a sueño. Salgo de ese recinto sagrado y cruzo la calle, sin miedo, sin prisa. 

Estoy en el Congresillo, decorado con sedas y maderas y con importantes pinturas de finales del XIX y principios del XX de estilo romántico. Allí todavía me parece oír el eco de las voces de los hombres más influyentes de la sociedad murciana de antaño, discutiendo y tomando decisiones que harían historia. Entre las voces, un susurro femenino, es “La Modelo” que desde la pared me pide que atraviese la puerta que tengo frente a mi, si hubiera conocido su historia, tal vez no le habría hecho caso. 

Un imponente salón neobarroco se abre ante mi, la vista no sabe a donde dirigirse y yo tampoco. Me quedo quieto, rígido, no quiero estorbar en el vals cadencioso que las parejas, a las que casi puedo ver, vestidas de época bailan ajenas a mi visita. Alzo la vista una vez más, un inmenso lienzo cubre casi todo el techo con alegorías de las artes, paisajes exóticos y una arquitectura fingida. En las esquinas, envueltas en medallones las efigies de cuatro murcianos ilustres; Julián Romea, Francisco Salzillo, Nicolás Villacis y José Moñiño, más conocido como Conde de Floridablanca. Se descuelgan desde ese bucólico paisaje cinco enormes lámparas de bronce y cristal que iban destinadas al palacio del emperador Maximiliano I de México, las primeras que funcionaron con luz eléctrica en la ciudad. Espejos de molduras imposibles, cornucopias, bajorrelieves, motivos vegetales que se retuercen sobre sí mismos llenándolo todo, conforman las paredes de este salón digno de cualquier palacio real. Los músicos están arriba en sendos balconcillos y en una serie de bancadas adosadas al muro un grupo de señoras vigilan que los pretendientes de sus hijas no vayan  más allá de lo debido en la evolución del baile. Un grupo de ellas me miran y cuchichean…no es posible, sé que no están ahí, pero me invade una cierta inquietud y decido salir de allí. IMG_6113

Tras pasar por una sala, a modo de distribuidor,  salgo al llamado Patio Pompeyano. Sus columnas jónicas que evocan a la más pura arquitectura clásica y las esculturas allí presentes, justifican de sobra el nombre del lugar: “Danae” y “La Amazona” de Policleto, la maravillosa “Venus” de José Planes y “Mujer” de Antonio Campillo. Las primeras son copias recibidas de los Museos Vaticanos y la “Venus” fue premio Nacional de Escultura en 1920.  

Saliendo de allí, me encontré de nuevo en la galería en forma de “L” que estructura la planta del edificio para entrar en el Tocador de Señoras. No, no me malinterpreten, por favor. Es cierto que fue el aseo de señoras en otros tiempos más gloriosos, pero actualmente, además del nombre, tan solo mantiene de aquella función los juegos de plata del tocador. Por lo demás, se trata de una sala decorada con gran lujo, valga como ejemplo las pantallas de los apliques que fueron bordadas en los afamados talleres de Lorca, en hilo de oro. La decoración del techo, no excesivamente brillante a mi modesto entender, es obra de José Marín Baldo, y representa una alegoría de la noche con la diosa Selene como protagonista, cuyo rostro presenta la particularidad de producir un curioso efecto óptico, la diosa parece perseguir con su mirada al visitante a cualquier rincón del aposento.  Me inquieta que me sigan. Así que decido visitar la siguiente sala. 

Se trata del Salón de Armas, lugar que fue, entre otras nobles funciones, sala de esgrima y sala de ajedrez. Es curioso, dicen que los lugares mantienen de alguna forma desconocida, una cierta esencia de lo que en ellos sucedió con más frecuencia. Mi mente racional no acaba de verlo muy claro, pero…sí, se respira una cierta elegancia en este lugar, un cierto savoir faire de los que un día pasaron allí sus ratos de ocio, en un tiempo en el que ocio no era sinónimo de gritos, borracheras y petardos. Aunque supongo que no todo está en el tiempo y que algo habrá de educación y clase. Discúlpenme, otra vez me estoy  yendo por las ramas. El salón cuenta con un lucernario que permite la entrada de luz natural al recinto. Cuenta como decoración con diversos lienzos, todos del siglo XIX, pero son de destacar las alegorías de gran tamaño, de Obdulio Miralles, de las Cuatro Estaciones. 

Cruzando la “calle”, una vez más, buscando descubrir cosas nuevas sin descanso, como si de un niño en una mansión encantada se tratase, entro en el Salón de Té. Una sala que, de nuevo, rebosa elegancia. El espectacular techo de escayola, recuperado recientemente en unas obras de rehabilitación, nos hace alzar la mirada nada más entrar, dirigiéndola luego hacia las lamparas o las columnas pareadas que estructuran el local de forma más fingida que real en una solución práctica y efectista. 

Tras pasar por el Patio Azul, llego a la Sala de Billar. Una sala estudiada al milímetro para la práctica de este juego. El mobiliario está dotado de la altura justa, no solo las mesas de billar, eso es obvio, sino que los bancos están sobreelevados para permitir una correcta observación del juego. Las lámparas, de tres cuerpos, además de orientables, para minimizar las sombras, están calefactadas para que la temperatura sea óptima, en fin, el sueño de cualquier sibarita de este deporte. 

Llegamos al final. Hay más salas, más lugares, algunos ya un poco más apartados del turista, tendrá que ser usted viajero para acceder a ellos. Pero como siempre les digo, estas palabras que usted lee son muy pobres, vaya y disfrute. 

 

El Santo Sepulcro. Centro de la cristiandad.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso  nº56

El último palio se va perdiendo, meciéndose cadencioso al fondo de la calle, los redobles de tambor suenan como un eco lejano y el aroma a cera, incienso y azahar se va diluyendo dejando paso a otros olores, a otras sensaciones, más profanas y mundanas que preludian al estío. 

Con el recuerdo, tan vívido aún, de la Semana Santa en nuestros sentidos, el corazón nos lleva a buscar esos lugares emblemáticos en los que, seamos creyentes o no, una nueva religión se fue fraguando para convertirse en columna vertebral de la historia y, por otra parte, en esperanza, guía y razón de ser de más de 2.350 millones de almas a día de hoy.  

Según la tradición cristiana, Jesús de Nazaret fue condenado a la crucifixión en torno al año 33 de nuestra era. Dicha sentencia se hizo efectiva en el monte Gólgota, situado en las afueras de Jerusalén. Posteriormente, el cuerpo de Cristo fue descendido de la cruz y sepultado en un jardín cercano. Al tercer día, se produjo su resurrección de entre los muertos.  

Pasados unos cien años, el emperador Adriano en su empeño por hacer desaparecer la memoria judía y cristiana, construyó  sobre el lugar un impresionante templo dedicado a Venus Afrodita. Como es habitual en la historia, los tiempos cambiaron de signo y fue Constantino, en el 335, quién ordenó la destrucción de todos los templos paganos, saliendo así de nuevo a la luz la tumba sagrada en torno a la cual ordenó erigir la Basílica del Santo Sepulcro. La retahíla de acontecimientos históricos que van acaeciendo en la zona son innumerables; la invasión persa, la furia destructiva de Al Hakim, las cruzadas, la invasión de Saladino, el dominio turco,… Actualmente, y afortunadamente, de momento impera la cordura y los acuerdos entre las tres comunidades presentes en el lugar (Ortodoxa Griega, Ortodoxa Armenia y Católica) permiten que la Basílica sea un lugar conservado y protegido al que acuden millones de fieles desde todas partes del mundo . 

Arquitectónicamente la Basílica presenta el eclecticismo propio de aquellos lugares que han sufrido sucesivas destrucciones y restauraciones más o menos acertadas, si bien podríamos ubicar el aspecto general en el arte románico – bizantino. Llama la atención la gran cúpula sustentada por dos sucesivas arcadas, conformadas por alargados arcos de medio punto y potentes pilares. Pero sinceramente, no es el arte lo que se busca en este lugar.  

Probablemente ni siquiera seamos capaces de recordar ningún detalle de lo que nuestros ojos hayan podido percibir. Es el corazón y el cerebro, el alma si ustedes quieren, lo que se dispara en este recinto, lo que nos sobrecoge, lo que nos hace estremecernos de forma literal. No me canso de repetirlo, hay sensaciones que ni el más bendecido de los poetas, ni el más cultivado de los escritores, ni el más exquisito artista podrá reproducir jamás, y créanme, da igual si son creyentes o no, da igual si han entrado allí por fe, por curiosidad, o por simple morbo. Es probable que incluso lleguen a tener la sensación de que no están cómodos, de que el lugar “pesa” demasiado para un hombre, de que allí hay “algo” y que incluso no sabríamos decir si es bueno o malo, es eso que algunos estetas dieron en llamar lo Sublime. 

Allí se encuentra la piedra sobre la que fue ungido el cuerpo del Mesías. Allí se encuentra el lugar sobre el que se clavó la Cruz. Allí se encuentra el Sepulcro en el que se enterró al hombre y del que resucitó el Dios. 

Unos lo llamarán sugestión, otros imaginación, otros invento de unos cuantos para sacar dinero…Yo prefiero llamarlo FE. Una Fe, por cierto, tan válida y digna de respeto, como mínimo, como cualquier otra. 

¡Feliz Pascua!  

Fuente imagen: Wikimedia Commons.

Abu Simbel. Un templo para la eternidad.

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso  nº59

     Hemos pasado demasiado tiempo en este rincón sin volver a sentir la calidez de la arena egipcia. Demasiado tiempo sin dejarnos arrastrar por una tierra en la que el viaje en el tiempo se hace común. Demasiado tiempo sin beber el agua del Nilo, dicen que si bebes el agua del Nilo, ninguna otra agua podrá jamás calmar tu sed. Debe ser cierto, siempre necesito volver. ¿Se acuerdan de cuando visitamos las pirámides?, aquel viaje fue tan solo el segundo paso de un camino maravilloso que, afortunadamente, no tiene destino ni fecha de llegada.
Es muy probable que si hiciéramos una lista de “Lugares que deseo visitar de Egipto”, casi todos acertáramos en los dos primeros. Bien, el primero ya lo visitamos, por tanto el Templo Mayor de Abu Simbel nos espera.
En 1813 el historiador suizo Johann Ludwig Burckhardt se encontraba visitando el ya descubierto templo de Hathor – Nefertari o Templo Menor, cuando decidió alejarse unos metros, quizás por cuestiones muy humanas, cuando de repente encontró sobresaliendo en la arena un gigantesco rostro pétreo. Se trataba de uno de los colosos de la fachada del Templo. Dos años más tarde, Giovanni Belzonni lograría llegar hasta la puerta de acceso retirando toneladas de arena… y las que quedaban. Precisamente esa inmensa cantidad de arena que el viento y los años había acumulado contra la fachada permitió un excelente estado de conservación del interior, especialmente de sus pinturas que mostraban toda la vivacidad de su época de esplendor.
Abu Simbel es el nombre árabe con el que hoy se conoce la zona de la Baja Nubia en la que Ramsés II hizo construir sendos templos dedicados a su propia persona, la de su familia y diversas divinidades. Tenemos que recordar que para la cultura egipcia, la figura del faraón y los suyos, y los distintos dioses, se solapaban unos sobre otros, siendo habitual las representaciones de miembros de la realeza con atributos divinos o, a la inversa, dioses con rostros de personajes regios.
El Templo Mayor está dedicado a Ra-Horakhte, Ptah, Amon-Ra y el propio Ramses II divinizado. Es del tipo denominado hipogeo, es decir excavados en la roca. La fachada, en talud, tiene treinta metros de altura por treinta y cinco de anchura y en ella destacan los cuatro colosos en la característica postura sedente egipcia con las manos extendidas apoyadas sobre las piernas, presentan todos los atributos faraónicos y entre las piernas, a menor escala, figuras que representan a distintos familiares del rey. Esto es algo igualmente característico del arte egipcio, tanto en la escultura como en la pintura, la llamada Perspectiva Jerárquica, el personaje de mayor importancia, es el que presenta mayores medidas.
El pilono de acceso, sobre el que encontramos una pequeña escultura del dios solar Ra, da paso a una Sala Hipóstila que cumple la función de pronaos y que está conformada por ocho gigantescos pilares antropomorfos, los cuatro de la izquierda representando al faraón y los de la derecha a Osiris momificado. Por supuesto, nada es gratuito en la estatuaria y la arquitectura egipcia, y el levantar la vista para contemplar a los colosos nos hará encontrarnos con la hermosa decoración del techo en la que se representa a la diosa Nejbet con sus alas desplegadas. La siguiente sala, como mandan los cánones, reduce en mucho sus dimensiones y se sustenta sobre cuatro pilares. De aquí pasamos a la ya muy reducida sala de las ofrendas y finalmente, el sancta sanctórum dónde moran los dioses a los que se dedica el templo.
La realidad supera siempre a la ficción y en este templo, ¡construido en el siglo XIII a. C., recuérdenlo!, durante veinte días, dos veces al año, los rayos del amanecer penetran hasta el fondo del santuario iluminando las estatuas de los dioses. Esto ha variado un poco con el reciente cambio de ubicación del Templo, pero esa es otra historia que espero contarles muy pronto.

Fuente Imagen: Wikimedia Commons